Como con cualquier persona que padezca algún vicio o problema, la opción más cómoda y recurrente es la negación; como en todo caso en el que genuinamente se pretenda mejorar y cambiar, resultan inevitables autocrítica y sanción.

 

El futbol italiano, convertido en una interminable caja de pandora, da a conocer cada semana un nuevo escándalo, el enésimo partido amañado, la nueva saga de corrupción; eso quizá no se deba a la mayor abundancia de estos episodios en el Calcio, sino a que simplemente ahí se ha decidido no dejarlos pasar impunes.

 

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No dudo que le falte muchísimo para estar limpio y que acaso apenas estemos viendo una pequeña porción del iceberg, pero al menos algo se hace más allá de insistir con rostro de incredulidad y ofensa que todo está bien, que no pasa nada, que todos tan honestos y legales, que basta de difamaciones.

 

Cuando en 2006 estalló el denominado Calciopoli o Moggi-gate (por el apellido del directivo de la Juventus y mayor acusado), se insistió tras bambalinas que nada de eso hubiera saltado a la luz con Silvio Berlusconi en la presidencia del país, dados sus directos intereses en el futbol y en uno de los penalizados, el Milán. Al margen de esa especulación, el rigor de la ley cayó con todo.

 

Poco antes, el director técnico Zdenek Zeman había acusado de dopaje sistemático a la propia Juventus, lo que propició un juicio con el Comité Olímpico Italiano como denunciante (Alessandro del Pierto y Zinedine Zidane debieron rendir declaración), así como en 1982 Paolo Rossi llevó al título mundial a los azzurri tras estar inhabilitado por apuestas clandestinas.

 

Recurrentemente emerge un nuevo escándalo en este futbol, como la no convocatoria de Domenico Criscito a la Euro 2012, luego de que su nombre apareciera entre los acusados de amaño de partidos. El propio seleccionador nacional estuvo suspendido cuatro meses por no haber avisado a las autoridades de un caso que salpicó al club que dirigía en 2011, el Siena.

 

Ahora se ha dado a conocer que el Catania compró cinco juegos, cada uno por 100 mil euros, para salvar el descenso a tercera división.

 

Jugadores dopados y resultados alterados, son las mayores amenazas, aunque tengo la sensación de que el segundo de estos temas resulta más peligroso. Las apuestas extienden sus redes a cada rincón del planeta y la tecnología permite un alto nivel de injerencia no necesariamente en un cotejo estelar de Champions League o Mundial, sino en cualquier choque de ligas humildes o segunda categoría.

 

Bien por el futbol italiano en seguir adelante con esta cruzada. Mal, porque, pese a todo, queda claro que nada ha sido remediado, que la duda o siniestra confirmación continúan al frente.

 

En todo caso es preferible que ya nada horrorice, que perdamos la capacidad de asombro, mucho antes que la negación. Negar y cruzarse de brazos es el mayor combustible que puede haber para que la trampa avance y acelere.

Alberto Lati

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