Quizá haga falta la llegada de un estrafalario científico para hallar cuadratura a este círculo merengue. O quizá, todo lo contrario, baste con algo de sensatez, de definir áreas de mando, de dotar de sentido a lo que se compra y se vende, de entender que en el futbol el camino más corto para incrementar los ingresos es ganar títulos e ilusionar a las gradas.

 

El asunto es que Carlo Ancelotti ha sido relevado por Rafael Benítez en la dirección técnica del Real Madrid, enésima (o, para mayor precisión, décima) sustitución en el banquillo con Florentino Pérez como presidente.

 

Foto Lati_AP

 

Metodología, liderazgo, visión, estrategia, innovación, fortuna, experiencia, factores todos que ha exhibido Benítez en su carrera, pero que pueden resultarle insuficientes. Muchos de quienes le precedieron en el cargo contaban con esa serie de cualidades, mismas que no bastaron para por fin dotar de estabilidad a la sede madrileña de entrenamientos de Valdebebas; colmo de las paradojas, el único período de tres años sin cambio, el de José Mourinho, fue todo menos estable.

 

El objetivo inicial de Rafa Benítez debería de ser muy parecido al que tuvo el primer estratega contratado por Florentino: Carlos Queiroz, quien llegó en julio de 2003 sustituyendo a Vicente del Bosque. Época en las que la cúpula madridista estaba convencida de que bastaba con comprar a un mega crack al año (llegaron, en veranos sucesivos, Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham) y complementarlo con muchachos de divisiones inferiores. Poco se recuerda ahora, pero el merengue más galáctico, ese comandado por Queiroz, fue el más descompensado, desequilibrado, desbalanceado… y así le fue, perdiendo gas para regalar una liga más que dominada al Valencia, dirigido coincidentemente por Benítez. Aquel Madrid se había desprendido del elemento que colmaba de músculo y pulmón a su medio campo, Claude Makelele, situación que cíclicamente se iría repitiendo, hasta llegar a las salidas de Ángel Di María y Xabi Alonso en 2014.

 

Ahí radica el problema de Benítez: armar un cuadro que logre competir al Barcelona y devuelva al Madrid hegemonía en la liga española, de la mano de una directiva a veces impositiva, otras absurda, y que en la elección de sus entrenadores no aclara el rumbo que pretende (si es que lo conoce). En el fondo, un problema similar al de Queiroz tantos años después: otorgar equilibrio a lo que no lo tiene, a lo que pende de alfileres, a lo que puede desplomarse a la primera lesión o exigencia.

 

Ancelotti, hombre de institución que jamás protestó lo que se le daba y quitaba, terminó pagándolo muy caro, con un grupo diseñado casi a la inversa de lo que él había solicitado.

 

Benítez hereda uno de los planteles más renombrados del planeta, aunque también notables agujeros blancos; podemos contemplarlos como descubrimiento propio de Stephen Hawking, ecuación sólo descifrable para las mentes más perspicaces de la historia; o lo contrario: como simples vacíos surgidos ante las terquedades de esta directiva: vacíos de sensatez.

 

 

Alberto Lati

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