Ganarlo todo en una temporada es tan difícil, que apenas ha sucedido siete veces en la historia del futbol europeo. Implica ser más que constante impecable, con margen nulo de error, con una eficacia más allá de todo fallo.

Tres certámenes de corte y exigencia muy diferentes. La liga, a 38 largas jornadas en las que se ha de recibir y visitar a cada rival. La copa, con la peculiaridad de medir fuerzas ante equipos de divisiones menores y con el riesgo que implica una eliminatoria directa. La Champions League, ante los mayores trabucos del continente y con final a un solo partido en sede neutral.

 

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Jugar dos veces a la semana y de toda circunstancia salir avante, algo inaccesible incluso para algunos de los mejores equipos de todos los tiempos, es el pilar con el que el balompié europeo ha tomado la ventaja al mundo: ahí radica el salto de calidad que cuesta dar a los cuadros de otros sitios.

 

Ahora, Barcelona y Juventus aspiran a tamaña proeza. Los blaugranas ya lo consiguieron en 2009 bajo el liderazgo de Josep Guardiola. Los bianconeri hasta ahora se habían quedado en un par de dobletes liga-copa, aunque jamás complementados por el tercer paso que es el más difícil.

 

Sin embargo, más allá de los antecedentes, resulta curioso lo discutidos que estuvieron los proyectos de los dos finalistas europeos unos meses atrás.

 

En el caso barcelonista, apenas en enero parecía que esta temporada tendía a la nada y que Luis Enrique sería despedido en cualquier momento (al margen de que cambió de presidente y ha vivido rodeado de escándalos extra-cancha). Estaba lejos del Real Madrid en la clasificación general y padecía una especie de motín al interior de su plantel, con el choque del DT con Lionel Messi y Neymar tras la prolongación de sus vacaciones decembrinas.

 

Con la Juve, el problema era de falta de confianza; Antonio Conte dejó su dirección técnica, inconforme con el presupuesto que tenía para realizar fichajes e incapaz de resignarse a un equipo que, a su juicio, no tenía para competir en Europa; bajo ese estigma llegó en su sitio Massimiliano Allegri, cuyo trabajo en el Milán fue a menos en sus últimos años; todavía en la primera fase de esta Liga de Campeones, la Juve actuó rodeada de dudas y estuvo cerca de quedar fuera de octavos de final.

 

Meses después, el Barça ha conquistado con cierta comodidad la liga española, lo mismo que la Copa del Rey, mientras que los turineses han tenido todavía más colchón en la Serie A italiana y se han impuesto con mayor sufrimiento en el certamen copero.

 

La lógica señala que el Barcelona ha de ganar. Esa misma lógica que no hallaba cuadratura al círculo catalán tres meses atrás, esa misma lógica que llevó a Conte a decir que no renovaba por carecer de argumentos y presupuestos para aspirar a algo en la Champions.

 

Dos equipos que aun viniendo de ciclos triunfales (al Barça todavía le queda cerca la era Guardiola; la Juve ha alcanzado su cuarta liga consecutiva), tuvieron el mérito de reinventarse e ir creciendo de la única forma permisible en el trepidante deporte actual: sobre la marcha, aunque con énfasis de no ceder partidos definitivos mientras iba cuajándose tal crecimiento.

 

Estamos a cinco días de la Final de la Liga de Campeones, encuentro entre algunos de los mejores futbolistas como Messi y Tévez, entre campeones del mundo como Iniesta y Pirlo, entre símbolos como Buffon y Xavi, entre promesas que prontísimo se hicieron realidades como Neymar y Pogba, entre dos entrenadores que bien pudieron ser despedidos a mitad de curso o ni siquiera contratados para el cargo, entre dos oncenas que tienen el inmenso mérito de llegar al último día de la campaña aspirando todavía a todo.

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