El debate, o más bien el divorcio, tenía no menos de 2 mil 500 años de antigüedad. Por entonces el dramaturgo Eurípides ya resumía la aversión intelectual respecto al deporte: “De los innumerables males que hay, ninguno es peor que la raza de los atletas (…) Y censuro también la costumbre de los griegos que se reúnen para contemplarlos y rendir honor a placeres inútiles”.

 

Algo parecido con el poeta Jenófanes de Colofón al quejarse de lo que premiaban las celebraciones olímpicas (“la sabiduría debe de estar por encima de la fuerza bruta”) y en siglos de dominio romano con Horacio, Ovidio y Plauto (este último, según asevera el periodista Julián García Candau, “en una obra se quejaba de que las calles estuvieran invadidas de jugadores”).

 

Palabras que de una u otra forma fueron reiteradas a lo largo de la historia por multitud de filósofos, autores, sociólogos, artistas, quizá ninguno tan lapidario como Jorge Luis Borges: “El futbol es popular porque la estupidez es popular”.

 

El deporte visto como distractor de lo genuinamente importante, como catarsis de la energía que habría de emplearse en exigir un gobierno mejor o hacer la revolución, como sublimación de lo opuesto al pensar, como instrumento de demagogia, de perpetuación de los poderosos, de hipnosis del pueblo; el deporte bajo sospecha, bajo acusación, bajo inquisición.

 

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En el camino hubo notables excepciones (Camus, Kenzaburo Oé, Nabokov, Alberti), pero esta historia de rencor entre cultura y balón sería hoy diferente sin la inmensa aportación de dos escritores que tuvieron que fallecer el mismo día, compartiendo además la pasión por el futbol.

 

Sus erudiciones, sus capacidades de reflexión, sus prosas, contribuyeron como pocas otras a hermanar intelecto y balón. Eduardo Galeano con un libro, El futbol a sol y sombra, que puede ser considerado el mejor en cualquier idioma jamás escrito sobre esta actividad; Günter Grass con algunos de los relatos que conforman Mi siglo.

 

Entre el mar de célebres frases futboleras que sobreviven a Galeano, me quedo con dos. La primera es en relación con los entrenadores: “La maquinaria del espectáculo tritura todo, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo (…) Él cree que el futbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi (…) ¿Quién escribe la obra? ¿El director técnico? La obra se burla del autor”. La segunda alude a su manera de amar a este deporte: “yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: ‘Una linda jugadita, por el amor de Dios’. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro”.

 

De lo que nos regaló Günter Grass, unos párrafos ejercen de conciencia oculta tras el partido entre las dos Alemanias durante el Mundial de 1974: “¿Cómo es cuando alguien se siente doble ante la tele? Quien está acostumbrado a seguir al mismo tiempo dos caminos, no debería irritarse cuando, en ocasiones especiales, encuentra a su yo de una forma y de la otra (…) sucedió cuando Alemania jugó contra Alemania. ¿De qué parte estaba uno? ¿De qué parte estaba yo o yo? (…) Uno a cero a favor de Alemania. ¿De qué Alemania? ¿De la mía o de la mía?”.

 

La desconfianza cultural hacia el deporte es tan antigua como el deporte y la cultura mismos. Relación que pareció imposible durante siglos y que en la pluma de estos dos autores encontró máxima sublimación.

 

¿Por qué tan severo rompimiento? Galeano respondió años antes de fallecer: “Para la derecha, el futbol era la prueba de que los pobres piensan con los pies; y para la izquierda, el futbol tenía la culpa de que el pueblo no pensara. Esa carga de prejuicio hizo que se descalificara una pasión popular”.

 

En paz descansen con la profunda gratitud que les debemos de rendir todos quienes vivimos de escribir y reflexionar sobre deportes. Por enseñarnos que otra forma de aproximarse al futbol es posible. Por cambiar para siempre el nivel de este debate. Por esa parte de su legado y por todo lo demás que, aunque muchos futboleros lo ignoren, es la mayoría de su obra.

Alberto Lati

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