El renacer del América como club grande puede descifrarse con base en dos circunstancias; la primera es actual: que estando en quinto lugar de la tabla general, sea visto como equipo en crisis; la segunda, aconteció cuatro meses atrás: que en plena lucha por el título del futbol mexicano, haya decidido modificar a su director técnico.

 

Es evidente que si se tratara de cualquier otro cuadro o de las Águilas irregulares y perdedoras de años atrás, ni se calificaría como “estado de emergencia” el estar en quinto puesto, ni se habría cambiado a un entrenador campeón de liga. Acaso, el debate radica en cómo se ha ejercido esa grandeza (o las decisiones con el afán de seguir siendo grande) y si Gustavo Matosas tiene elementos para triunfar en Coapa. A las dos preguntas, la única respuesta la tiene el tiempo.

 

lati matosas

 

Llegados a este punto, un par de aclaraciones: ni me pareció la pose mártir de Antonio Mohamed al ser despedido (eso obedeció, y el apodado Turco lo sabe bien, a su indisciplina y ausentismo, inadmisibles en el líder de un colectivo), ni me parece la pose petulante de Matosas al amagar con bajarse del timón, cuando su discurso tendría que ir en sentido completamente inverso; es decir, ofreciendo solución y pasión a los aficionados, tan distinto a la infantil amenaza de “mejor me voy”, que ya ensayó antes en el León.

 

Matosas llegó a un equipo obsesionado con esa tercia de verbos que difícilmente coinciden en el mismo desempeño –ganar, golear y gustar– sólo exigidos en momentos de vacas muy gordas, de bonanza, de dominio. El campeón fue espectacularmente reforzado, aunque en el acto perdió a baluartes como Jesús Molina y Miguel Layún, cuyos concursos hoy se añoran. Como suele suceder, el primero de los tres verbos en ser sacrificados de la pretensión, fue golear; finalmente, si se golea, se gusta y gana, al tiempo que no siempre que se gusta se golea y mucho menos siempre que se gana se gusta (esto último, lo que persiguió a Mohamed en plena liguilla, cuando avanzaba rondas a costa de sacrificar espectáculo).

 

En el camino de 11 fechas se han dado instantes, casi meros destellos, de esperanza; no obstante, debe recordarse que el DT uruguayo, actitudes y vestuario al margen, apenas dispuso de trabajo previo al torneo con el plantel. Además, que fue contratado avalado por espléndidos trabajos en sus gestiones anteriores, lo cual habría de bastar para cierto beneficio de la duda.

 

Eso no significa que el América, goleado por el Herediano costarricense y luego por el Veracruz, deba cruzarse de brazos: el funcionamiento, como Matosas mismo admite, no ha sido el ideal. “No he llegado a disfrutar al cien por cien como me gustaría del juego del equipo, por más que creo que hay grandes jugadores, sin embargo el juego intenso dinámico que me gusta aún no lo he visto y como que ya va más de medio campeonato”, explicaba tras el naufragio en aguas jarochas.

 

En medio de rumores de destitución o renuncia, el América intentó cerrar filas este lunes. La presión crecerá y demandará resultados inmediatos.

 

Parte del gran momento que ha implicado dos títulos de liga, es no conformarse con ser quintos, como en su momento tampoco hubo conformidad con el método-Mohamed.

 

Falta tiempo en el América, pero también memoria a la afición. El Turco sólo fue querido en el preciso momento en el que se despedía y a lo largo de buena parte de su proceso las gradas no le aceptaron. Ahora Matosas batalla contra su legado o, más bien, contra lo que se recuerda de su legado, que es sólo el título (o sea, el final). Un Matosas que desde que firmó sabía que asumía el más incómodo de los relevos: sustituir a un campeón.

Alberto Lati

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