Desagradable costumbre esa de recurrir a moldes foráneos para copiar lo negativo y casi nunca lo positivo. Igual de lamentable el habito de siempre dudar, de jamás agradecer, de envolverlo todo en un dejo de pesimismo, cuestionamiento, insatisfacción crónica, incluso (valga la expresión) ataque preventivo: no vaya a ser que le cantemos y se le suba a la cabeza, no vaya a pensar que así de fácil se gana nuestro cariño, no vaya a dejar de correr, no vaya a imaginarse que antes no hemos admirado a otros, no se la vaya a creer.

 

Andrés Guardado no ha jugado para el PSV Eindhoven ni 30 partidos, suficientes para que los nobles seguidores de este equipo protagonizaran uno de los momentos más conmovedores y electrizantes que yo recuerde en el futbol. Un mosaico que ha calado fuerte en cada rincón de México y ha dado la vuelta al mundo, con los colores de nuestra bandera y el texto “Andrés Guardado, nuestra águila de oro mexicana tiene que estar en el PSV Eindhoven. Nuestra casa es tu casa, Andrés”.

 

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Más allá del inconmensurable mérito del tres veces mundialista para ganarse tan pronto a una afición acostumbrada históricamente a ver buen trato al balón, en ese mosaico humano se esconden conclusiones imprescindibles: aprecio, gratitud, entrega a quien viste tu uniforme, lealtad, recordatorio de que al estadio se va a disfrutar y no a padecer, entendimiento de que los once de la cancha te representan y de alguna manera ahí estás alineado tú junto al vecino y el primo.

 

La viralización por redes de imágenes de insultos, discriminaciones, ataques, agresiones físicas, ha propiciado una pronta imitación en estadios mexicanos de situaciones bochornosas que acontecen en canchas remotas: lo malo, lo aprendemos casi por instinto; lo bueno, nos agrada para portada, en esta caso para algo de patrioterismo y poco más.

 

Como si el deportista hubiera de cargar con nuestras frustraciones, la prontitud con la que en el mundo latino se pasa de la gratitud al abucheo es grande, circunstancia menos común en el norte de Europa. El PSV va líder en Holanda pero recién fue eliminado de la Europa League por el Zenit de St. Petersburgo, lo que no atenúa el abrazo comunal a Guardado. Se dice que el público siempre tiene la razón, pero a eso yo añadiría que no siempre posee la nobleza. Gareth Bale, proveniente de la cultura de devoción deportiva de las islas británicas, no logra descifrar la actitud hacia su persona en el estadio Bernabéu (más allá de que su baja de juego haya sido evidente).

 

He citado casos de España, pero en México tenemos muchos.

 

No recuerdo aquí tamaña muestra como la holandesa hacia baluartes como Rafael Márquez, Cuauhtémoc Blanco, Hugo Sánchez. No se trata de aplaudir sin sentido y ajenos a todo análisis, sino de arropar, hacer al jugador sentirse en casa, propio, sostenido por decenas de miles, sin que su primer remate defina el humor social: con puntería a la primera, se le adora, sin ella se le tritura; acaso con síndrome de quien no se entrega porque alguna vez fue lastimado.

 

Sirva lo vivido el domingo por Andrés Guardado como doble ejemplo: por un lado, de la colosal capacidad de este mediocampista mexicano para ganarse a una afición; por el otro, del PSV y su nobilísima incondicionalidad.

Alberto Lati

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