Quizá vaya acorde con una cultura en la que gustamos de enchilarnos y somos masoquistas en numerosos sentidos, que prefiramos enfrentar al gigante Brasil antes que a la mayoría de las selecciones. No sólo lo preferimos, sino que lo disfrutamos, lucimos capaces de manejarlo, nos sentimos cómodos, parecemos necesitarlo tanto como un buen taco a sus cucharadas de salsa picante.

 

Ya podemos perder contra Estados Unidos o sufrir contra algún equipo centroamericano como Panamá, pero si el rival trae el uniforme verdeamarela, algo se activa para saturarnos de fe y futbol. A tanto ha llegado esto que los aficionados al apodado scratch du oro han coincidido en denominar a México su carrasco, palabra portuguesa que sirve desde épocas ancestrales para denominar a quien ejecuta una pena de muerte; es decir, su verdugo o coco.

 

FOTO LATI

 

Antes llamaron así a Uruguay en virtud de la jamás olvidada derrota propinada en el llamado Maracanazo del Mundial de 1950. En algún momento de relativa hegemonía, coincidieron en que Argentina era en realidad quien les tenía tomada la medida. Hoy no dudo que Alemania, por siete razones escritas con cincel sobra las redes del estadio Mineirao, también vaya ganándose el apodo.

 

Sin embargo, el Tri es desde hace un buen rato lo que los brasileños califican como su carrasco. Cuando les ganamos en la Copa Confederaciones 99, argumentaron, “pero fue en el Azteca”; cuando les quitamos el título sub17 en 2005, justificaron, “pero era a nivel infantil”; cuando los eliminamos de un reciente Mundial sub 20, clamaron, ignorantes de nuestras fobias históricas a tirar a portería desde once metros de distancia, “pero fue en penales”; cuando les arrebatamos en Wembley lo único que su laureadísimo futbol jamás ha conquistado, el oro olímpico, ya nada pudieron aludir más que esa palabra portuguesa que tanto disfruto; ya cuando no lograron someter a México en pleno Mundial disputado en su casa, prefirieron no decir que fue por el heroico desempeño de Guillermo Ochoa, sino por las razones que se ocultan detrás de las obscuras voluntades de un verdugo.

 

Como a menudo sucede con este tipo de embrujos y puestos a ser sinceros, esa sensación coincide poco con la fría realidad de los números. Según las estadísticas recopiladas por Óscar Guevara, el total de enfrentamientos a nivel mayor es de 38, con 21 victorias brasileñas, siete empates y diez triunfos mexicanos, 69 goles a favor de la amarelinha por 36 tantos tricolores.

 

Podemos decir que pasamos de disfrutar el jugar contra ellos por la mera experiencia de admirar su futbol a unos centímetros, a disfrutarlo porque les hacíamos partido, apenas en los últimos años; la primera vez que nuestro representativo los venció en partido oficial, fue en la final de la Copa Oro de 1996, aunque a menudo se olvida que en ese torneo Brasil alineaba a su selección sub-23 y el Tri a sus mayores; ya después vinieron jornadas inolvidables para nuestro futbol en cuanto certamen nos emparejó con el scratch, aunque todo ello después de 1999.

 

Es decir, que a últimas fechas nos consolidamos como su carrasco y añadimos a los placeres masoquistas del chile de árbol el encontrarnos en la cancha con la mayor potencia histórica del balón.

 

Después de haber compartido grupo del Mundial 2014, la Confederaciones 2013, Copa América 2007 y varios más, esta vez el destino nos ha separado en la Copa América de Chile 2015… pero este jueves nos han anunciado que el preámbulo será con un partido amistoso, el 7 de junio en suelo brasileño, que nos permita tomar moral (esperemos) frente a ese, nuestro rival favorito.

Alberto Lati

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