Existen dos caminos a la silla mayor de la FIFA, aunque en realidad son el mismo. El primero, repartir dinero; el segundo, abrir el Mundial a mayor cantidad de selecciones (lo que, directamente, se traduce en más fondos).

 

Por mucho que se le escarbe, por expertos en candidaturas que se contraten, por creativos que sean los publicistas y publirrelacionistas detrás del directivo aspirante, estas elecciones tienen un fondo demasiado simple.

 

Foto Lati_EFE

 

Por ello quien llega al puesto suele perpetuarse con tal facilidad: porque el programa Goal, cuya finalidad es sacar del rezago futbolístico a países con cierto tipo de limitaciones económicas, es un conducto perfecto para que se deba gratitud y votos a quien ocupa la presidencia.

 

Bajo ese tenor, Luis Figo lanzó su proyecto recargado en esos dos pilares. En estricta palabra (y con insistencia) se refirió a conceptos como transparencia, pero en la práctica refutó meterse en tan movedizas arenas como la controversial elección de Qatar. Así, sus caminos son los dos ya conocidos –que, como ya dijimos, en el fondo son el mismo.

 

En relación al reparto de dinero, propone dos medidas sin precedentes y que pretenden en su dadivosidad convencer a los países africanos, asiáticos y americanos que son feudo garantizado de Blatter: dividir entre las 209 federaciones mil de los mil 500 millones de dólares que la FIFA posee en reservas, así como destinar al trabajo de fuerzas básicas la mitad de las ganancias de FIFA para el próximo cuatrienio (hablamos de aproximadamente mil 250 millones de dólares para infraestructura, proyectos con infantiles y juveniles, desarrollo de promesas).

 

Lo interesante, y para mí escalofriante, viene al referirnos al Mundial: aumentar la cantidad de participantes en el torneo hasta llegar a 40 ó 48 (con especial acento en que las nuevas plazas no serían para Europa). No dudo que eso permitiría a muchas selecciones y sus respectivas aficiones cumplir con sueños mundialistas de imposible consumación, así como a Figo el favor de muchos votos.

 

Sin embargo, seamos sinceros: ¿cuántos representativos que no acudieron a Brasil 2014 tenían nivel para mejorar en algo ese torneo? La realidad es que hubo unos cuatro europeos que pudieron haberse añadido, alguna africana y no se me ocurre ninguno más. Asia, Concacaf y Conmebol están ya en su límite o más allá de él con los cupos que tienen destinados; algo similar diría de África.

 

El Mundial que plantea Figo, tal como el que propuso Michel Platini unos meses atrás, es populista, aunque de ninguna manera más atractivo. Menos todavía la idea de dividir en dos certámenes de 24 equipos cada uno, en continentes distintos, de los cuales saldrían los calificados al Mundial definitivo. Con lo que es perfecto no se juega, y el Mundial en ese sentido lo es: no en el sometimiento de la economía del anfitrión (tema que acertadamente tocó Figo), no en el reparto de utilidades (casi inexistente hoy en día), no en los riesgos de dopaje y amaño de partidos (también referidos por el ex crack portugués), pero sí en su esqueleto.

 

Parece más absurdo el Mundial de 48 en dos sedes que el de 40 de Platini que planteaba añadir una selección (y por ende, un cotejo de primera ronda) a cada grupo. En ambos casos, a costa de abaratar la calidad; en ambos casos, con la mayor recaudación de dinero y la captación de votos como fondo, los cuales difícilmente alcanzarán para derrotar a Blatter.

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