Lo menos importante para estos números es si la selección española trasciende más que la inglesa, si Real Madrid y Barcelona dominan Europa más que Chelsea o Manchester United, si las tres mayores glorias del balón (Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y acaso Neymar) militan en el certamen ibérico o si siete de los diez fichajes más caros de la historia han ido a conjuntos españoles (aunque todos a los mismos dos ya mencionados).

 

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Lo mismo da lo anterior, porque la Liga Premier ha firmado un contrato de televisión con el que ni remotamente sueña la de España: casi 8 mil millones de dólares por las próximas tres temporadas, contrastados con los apenas 900 millones de dólares que totalizan los hispanos al año.

 

A estas alturas es bien sabido que los verdaderos genios en el manejo del futbol como industria están en las islas británicas, y las razones son muchas.

 

Primero, la equidad: el Atlético de Madrid, campeón defensor en su país, ingresa por derechos televisivos menos que el peor pagado de Inglaterra, el Cardiff City. Mientras que los dos gigantes españoles, tan enemigos en la cancha como amigos fuera de ella, negocian separados de los otros dieciocho conjuntos, todos los ingleses van de la mano y son solidarios.

 

Eso permite un mejor nivel de juego así como mayor competitividad. Invito a cualquier aficionado a efectuar el siguiente ejercicio: ver un partido entre dos entidades que pelean el descenso en la Premier y luego hacer lo propio en España; el espectáculo será mucho mayor en el primer caso que en el segundo, lo que a su vez se traduce en los paseos triunfales que suelen ser las campañas de Madrid y Barça al tener sinodales con tan reducidas posibilidades.

 

Segundo, la cultura: así como en México e Hispanoamérica la historia nos aproxima al balompié español, en las áreas de influencia inglesa arrasa la Premier. Hablo de amplísimas porciones de Asia, África, Oceanía, el Caribe e incluso el creciente interés estadounidense. He podido ver bares paralizados para seguir la actividad del Tottenham (por no decir, Chelsea, Arsenal, Manchester United) lo mismo en Singapur que en Kenia, en San Vicente que en Nueva Zelanda, en China que en India, y eso no necesariamente acontece con los cotejos del Madrid que no sean ante sus dos mayores rivales.

 

Tercero, la situación económica: con la crisis, pero incluso antes de ella, los estadios españoles han caído en afluencia, algo impensable en la Liga Premier, donde suele ser complicado acceder a cualquier estadio en cualquier jornada. Eso se vincula de forma estrecha con los derechos televisivos: en la Gran Bretaña hay más de trece millones de abonados a televisión de paga, los cuales en España ni siquiera son dos millones.

 

Cuarto, la presentación, la narrativa, la producción: las entrevistas previas a los partidos con los entrenadores, la identidad gráfica, la calidad de los previos, las cortinillas, las puestas en escena que deslumbran en cada inicio de transmisión, remite a lo magistralmente hecho por la NFL y queda a años luz de lo intentado por sus pares europeos (de hecho, la única liga del mundo que se acerca en ingresos televisivos a la NFL, es la Premiership).

 

Y, por encima de todo, quinto: la calidad del producto.

 

Ahora los ingleses abren un tema por demás interesante: ¿cómo aprovechar tan suculento monto? Owen Gibson, columnista de The Guardian, sugería algunos puntos que vale la pena retomar: bajar el precio del boletaje para hacer la Liga Premier menos elitista y accesible; construir más y mejores canchas por todo el país, así como desarrollar fuerzas básicas; generar programas que aprovechen el peso del futbol para mejorar la sociedad.

 

Muy interesante. A partir de ese planteamiento Inglaterra quizá no tendrá los tres mejores del planeta ni los fichajes más caros, pero, sin duda, logrará sacar del marasmo a su selección y ponerla al nivel de hegemonía de su espectacular liga.

 

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