Expresivo, amplio de sonrisa, gesticulante, familiar, cálido, como suele ser cuando está cómodo, Javier Aguirre me confesaba a inicios de Brasil 2014 que había aceptado la oferta de la selección japonesa.

 

Viajero insaciable y siempre ávido de entender lo distinto, el apodado Vasco apelaba a la humildad y, junto a su esposa Sivia y sus tres hijos, escuchaba atento mi opinión sobre el desafío que implica vivir en Japón.

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Mi primera reacción fue de emoción. La cultura, la historia, los conceptos, la forma de trabajar, pero, sobre todo, el reto de ser líder ante un colectivo impregnado de otros factores, de hallar el balance entre adaptarse y hacer que el entorno se adapte.

 

Meses después, al reencontrarnos en Tokio, se le veía pleno y tan efervescente como siempre. Me relataba con una mezcla de comicidad y ansiedad, las problemáticas vividas en materia de planeación: en la federación japonesa querían programar fechas que quedaban muy lejos en el calendario y más todavía en los eventuales requerimientos, siempre cambiantes y, por ende, susceptibles de modificarse sobre la marcha.

 

Pero la planeación milimétrica y anticipadísima, más que un obstáculo, era su edición personal del Lost in Translation: que por mucho que traduzcas y transliteres, que por mucho que expliques e interpretes entre líneas, queda un vacío entre las culturas (en ese vacío radica el aprendizaje).

 

Entonces me contaba eufórico que en cierto partido un defensor regaló un balón del que derivó un gol rival; momentos después, Japón anotó y ese muchacho se le acercó con una solemne reverencia a decirle “sorry Mister”, a lo que brotó Aguirre en estado puro: un jalón y una nalgada, señalándole el cronómetro del partido para que comprendiera que restaba mucho juego y el error ya vivía en el pasado; al otro día un columnista nipón acusó de “abuso laboral”, entendiendo por la arenga, una reprimenda. Javier dio a los medios un argumento definitivo: el festejo del gol de Negrete en México 86, cuando casi le arranca la cabellera al jalarlo; los japoneses, hipnotizados por su efusividad vasco-mexicana, no dudaron de su palabra.

 

Por las calles de Tokio era común un tipo de respeto que jamás veremos fuera de esas islas hacia el puesto que supone más división, como lo es el de seleccionador nacional. Lejos de cuestionarle (y cuando estuve con él, los resultados todavía no entraban en la gran racha previa a la Copa Asia), lejos de criticarle, lejos de refutar su capacidad, le agradecían estar ahí para aportar algo (la leyenda del futbol local, Hidetoshi Nakata, me explicaba que se le buscó porque el genotipo japonés es parecido al mexicano, y pretendían que dotara a los Samurai Blue de un futbol parecido al mostrado por su Tri).

 

Luego me contaba lo que hizo antes de su primera concentración: pegar las fotos de todos los convocados al espejo del cuarto, con nombre, apodo y posición. El ejercicio surtió efecto en la absorbente memoria de Javier, con dos salvedades: por un lado, tres elementos con el mismo apellido; por el otro, dos jugadores muy parecidos físicamente.

 

A todo se fue sobreponiendo. Más allá de su gozo por aprender en Japón, más allá de su sonrisa hacia cada sorpresa (como el silencio sepulcral en el vestuario antes de cada partido o la reunión entre los jugadores abrazados sólo coronada por un sonido gutural), insistía que ganar la Copa Asia no era una exigencia planteada, sino construir un equipo que diera un paso más en Rusia 2018, que el plan era a cuatro años.

 

El escándalo de aquel Zaragoza-Levante ha sido el factor de su súbita salida. Ante la duda (que todavía no es ni presunta acusación), los nipones han preferido cortar este proceso, en su innegable derecho a considerar que eso supone un distractor en la gestión del director técnico.

 

Una pena, porque más allá de la eliminación en la Copa Asia, esa gestión llevaba buen sentido. Una pena, porque el único entrenador mexicano que ha trascendido nuestras fronteras y uno de los que más han dirigido en la historia reciente del futbol español, ve truncado el sueño del sol que apenas nacía.

 

Alberto Lati

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