Pancartas de odio

Alberto Lati

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Es un error habitual pensar que los futbolistas tienen la obligación de aguantar cuanto insulto y provocación llegan desde las gradas; “para eso cobran tanto”, argumentan como si en ese mentadero de madres estribaran los derechos humanos o la viabilidad del ecosistema. Lo anterior dicta también una lógica en el sentido inverso: que el pagar boleto da derecho a cada aficionado a decirlo y gritarlo todo.

 

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Peligrosamente falso: ni el trabajo de unos es ser agredidos verbalmente, ni la prerrogativa de los otros es ofender, porque las fronteras resultan más tenues de lo que quisiéramos: se empieza por señalar características físicas (si chaparro, flaco o pelón), de ahí se pasa a cuestiones personales (la novia, la familia, los hijos) y, cuando menos nos damos cuenta, ya estamos envueltos en un mar de discriminación: por la nacionalidad, por la religión, por el color de piel, incluso por la homofobia que en un ambiente de supuestos machos, como lo es la cancha, aplica a todo a quien se desee desquiciar.

 

El asunto es que vamos jalando, jalando, jalando la cuerda. Insaciables, subimos la apuesta, alejamos la capacidad de asombro, abrimos los márgenes de lo permisible. ¿Políticamente incorrecto? Si sólo queríamos presionar al rival. ¿Racistas? De ninguna forma, yo tengo amigos negros. ¿Intolerantes? No tienes sentido del humor. ¿Agresivos? Para nada, es mero afán de recuperar cuanto antes el balón y no ceder esos tres puntos, que sepan que en nuestra cancha mandamos nosotros, que nuestros once no están solos, que somos los más fieles seguidores.

 

Súbitamente, entendemos cuán mal lo hemos hecho y cuán erróneamente hemos calculado los riesgos: un clásico belga entre el Standard de Lieja y el Anderlecht en el que se muestra una inmensa pancarta, donde aparece el rostro del mediocampista Steven Defour recién guillotinado por un verdugo que a mí me remite a las atroces imágenes del Estado Islámico (ISIS) decapitando a lo que denomina que son sus enemigos. ¿La culpa de Defour? Haber sido capitán del Standard, con el que conquistó dos ligas y una copa, antes de irse al Oporto y regresar a su país para jugar con el acérrimo rival, el Anderlecht.

 

Pero no sólo fueron los brutos que recurrieron a tan desagradable analogía. También los cómplices en el estadio que les permitieron introducir la pancarta, cuando el club Standard ya tiene claros antecedentes. En 2013 recibió al Anderlecht con un rótulo que mostraba a un personajem parecido al Scarface protagonizado por Al Pacino, que dispara y genera litros de sangre púrpura (color del uniforme y apodo en francés del Anderlecht, mauve). Antes, en 2002, el croata Ivica Mornar hizo idéntico cambio de equipo al de Defour y se le recibió en Lieja con la leyenda, “Tratamos a los traidores como en tu país”, obvia alusión a las guerras balcánicas.

 

Durante el partido de este fin de semana, Defour resultó expulsado tras patear dos veces el balón hacia las gradas con evidente furia: si la intención era trastornarlo y bloquear su juego, los ultras tuvieron éxito.

 

Podemos referirnos a los elementos socioculturales que se encuentran detrás de esta rivalidad: que el Anderlecht siempre ha sido visto como privilegiado club de la capital Bruselas, al tiempo que el Standard representa a Lieja, ciudad de marcada tradición obrera y con mayores índices de desempleo que el resto del país. Podríamos también hablar de la larga historia de competencia entre estos dos clubes por la hegemonía en el balompié belga. Podríamos recordar lo que Defour representaba para su afición cuando actuaba para el Standard.

 

Y entre más argumentos busquemos, recopilemos, enlistemos, más confundidos estaremos: a estos niveles no se argumenta, se condena y, si se desea un futbol que mejore en algo a la podredumbre de la sociedad que lo rodea, se prohíbe.

 

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