No sería fácil habituarse a Lionel Messi de otro color. Tan amantes de la costumbre, mente y corazón batallarían para hallarle sentido, para entender que tira hacia otra puerta, para reconocerlo detrás de un escudo diferente. Como si Lennon en una banda punk, como si DiMaggio fuera de la novena yanqui, como si Nelson dominara los mares para alguien que no fueran los ingleses.

 

No lo sería, y los antecedentes con elementos de su rutilante dimensión histórica sólo nos llevan hasta Pelé, porque Maradona, Cruyff, Beckenbauer, Di Stéfano, Zidane, Ronaldo, Platini, Garrincha, vistieron demasiadas camisetas. Lo de Pelé resultó de otra índole, dada la lejanía cultural y futbolística que el Cosmos neoyorkino suponía en relación al Santos brasileño (algo parecido a lo de Alessandro del Piero en Australia e India luego de su amada Juventus).

 

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Lionel Messi llegó al Barcelona bajo la promesa de que le ayudarían a crecer en estatura; no lo hizo en muchos centímetros, aunque en cambio creció futbolísticamente en kilómetros. Máximo goleador tanto en la historia blaugrana como de la liga española, suficientemente extraño resultaría verlo en alguna competencia de menor exigencia (Qatar, MLS, Japón o similares), como para aventurarse a imaginarlo con otra casaca europea que no fuera la blaugrana (¡¿y dirigido por Mourinho?!).

 

Un editorial del catalán diario Sport se refería a la capacidad autodestructiva del Barça: “Pocos clubes se pueden encontrar con un nivel de autodestrucción como éste. Hay muchos ejemplos de ello, pero quizá el más claro sea la manera cómo salen de este club sus figuras e incluso aquellos jugadores que se han considerado símbolos de la entidad”. Y es una realidad: que hace falta saber cerrar ciclos o prolongarlos con respeto hasta donde su naturaleza alcance.

 

Siempre pensé que Messi terminaría su carrera siendo local en el Camp Nou. Ni Liga Premier, ni Calcio, ni verlo como un monumento más en París o Baviera, por no hablar de la peor pesadilla catalana que sería su fatídica incorporación al Real Madrid. La única alternativa al Barça para la jubilación de Lionel parecía el Newell´s argentino, de donde muy niño se marchó.

 

Hoy, sin embargo, es factible. La turbulencia que padece el Barcelona a nivel directivo incrementa la posibilidad, así como las cíclicas crisis existenciales del genio rosarino. Los problemas a nivel gestión en el Barça fueron el contexto bajo el cual en el pasado se marcharon grandes como Ronaldo o Luis Figo. Lo del temperamento del jugador, se venía resolviendo con adecuaciones de contrato para que estuviera en paz: hasta siete veces se le aumentó el sueldo en los últimos nueve años.

 

La amenaza de que emigre es más bien vieja; se dio en la última temporada de la era Guardiola, se repitió unos meses atrás y nunca lució tan cercana como hoy, cuando se filtra la oferta que prepara el Chelsea, coincidente con detalles de redes sociales que significan todo o nada: que Lio y su mujer ya “siguen” al club londinense.

 

Este jueves, en un auténtico plebiscito, la grada del Camp Nou mostró su devoción por Messi y dejó claro que está con él en contra de quien sea: director técnico, directiva, el dragón que surja.

 

Sin embargo, puede ser tarde e irremediable. Visto desde otra perspectiva, si el Chelsea pagara esos 250 millones de euros, suena a algo irrechazable; una de esas cifras como para desafiar la costumbre, la normativa, la rutina…, pero ni así sería fácil: como si la galaxia del balón pudiera quedar desordenada.

 

Alberto Lati

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