Una de las grandes tragedias que ha sufrido el país en los últimos años es el incremento de la desigualdad entre la población.

 

La frase de protesta #YaMeCanse que se acuñó en las redes sociales a raíz de casos de corrupción e impunidad como la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, los asesinados de Tlatlaya, o el asunto de “La Casa Blanca”, en la que se involucra al presidente Peña Nieto, recoge una vieja insatisfacción social contenida y una manifestación de la creciente desigualdad.

 

#YaMeCanse no sólo es la expresión popular en contra de la corrupción, también lo es en contra de los malos resultados de políticas económicas implementadas por los gobiernos que ha amplificado la brecha entre “dos Méxicos”.

 

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Las cifras confirman esta realidad. El ingreso promedio de 10% de la población más rica del país supera en 30.5 veces el ingreso promedio del 10% más pobre, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Esta cifra calculada para 2011 se amplió respecto de 2007 cuando la diferencia de ingreso promedio entre la población más rica y la más pobre fue de 26.8 veces.

 

Esta enorme brecha de desigualdad en crecimiento sólo puede significar que estamos frente a una tragedia en materia de resultados de políticas públicas que pretendieron -en el papel- combatir esta realidad.

 

Es cierto que en muchos países desarrollados la desigualdad de ingresos entre su población también ha crecido en los últimos años. De allí la popularidad que ha ganado el planteamiento del economista francés Thomas Piketty con su obra “El Capital en el Siglo XXI”. Un planteamiento sobre los efectos nocivos de la desigualdad en el crecimiento que merece ser atendida. Entre 2007 y 2011 Estados Unidos vio crecer la desigualdad de ingresos entre el 10% de su población más rica frente al 10% más pobre de 15.1 a 16.5 veces; en Francia esta relación pasó de 6.8 a 7.4 veces, mientras que en la atribulada España la desigualdad de ingresos se incrementó de 8.4 a 13.8 veces. Desde los años 80 a la fecha la desigualdad promedio entre los países de la OCDE ha pasado de 7.1 a 9.5 veces.

 

El informe de la OCDE: “Tendencias en la desigualdad del ingreso y sus impactos en el crecimiento económico”, concluye que la desigualdad impacta negativa y significativamente en el crecimiento económico de las naciones. Y, si bien esta desigualdad se ha ampliado porque un porcentaje minúsculo de la población es mucho más rico que hace décadas, son los cambios en los ingresos de la población más pobre -que son los más- los que tienen un impacto significativo en el crecimiento de mediano plazo.

 

Pero en México -a diferencia del resto de países miembros de la OCDE- estamos frente a una realidad de desigualdad superlativa, sólo comparada con Chile (sin embargo Chile, a diferencia de México, redujo su nivel de desigualdad entre 2007 y 2011 de acuerdo con la OCDE).

 

Esta ampliación de la brecha entre el pequeño “México rico” y el gran “México pobre” no sólo se explica por la crisis financiera internacional, como se insiste en los ámbitos oficiales, sino que se ha dado por una política fiscal poco redistributiva, por una alta concentración de mercados que “empobrece” a la población más pobre, por una elevada y persistente informalidad, por una política educativa que incentiva la educación pública de mala calidad y por una política de salud pública deficiente.

 

Me temo que estos malos resultados en materia de desigualdad alientan la creciente desconfianza ciudadana. El gobierno se equivocó con un discurso reformista enfocado sólo al crecimiento económico, como si de ello derivaran beneficios automáticos para el México más pobre.