Su imagen de rodillas, entre lágrimas, celebrando el punto de la victoria, decía demasiado: el tenista más laureado de todos los tiempos festeaba un nuevo éxito como si se tratara del primero.

 

Tiene 33 años y la colección de récords más amplia que pueda hallarse: 17 títulos de Grand Slam, 25 finales en los cuatro grandes torneos, 302 semanas como número 1 de la ATP, coronaciones en 24 certámenes consecutivos, hegemonía y longevidad máximas por donde se le pretenda analizar. Sin embargo, le faltaba eso: la única copa, medallas olímpicas al margen, en la que se juega en representación de un país y no a nombre propio.

 

Federer se había fijado esa meta, aunque sólo conquistarla asegurara, “no lo he hecho para palomear un inciso… Esto era para los muchachos”, refiriéndose a sus compañeros de equipo, encabezados por el actual número 4 del mundo, Stanislas Wawrinka.

 

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Suiza levantaba su primera Copa Davis, certamen que siempre poseerá un aura de paradojas: difícil explicarse un torneo por países cuando hablamos de un deporte individual, cuando a menudo elegimos favorito sin recapacitar en el pasaporte o procedencia, cuando ahí nos hemos habituado a hacer propios a los personajes y no las banderas (a la inversa de otras actividades individuales más adecuadas para posicionar proyectos de nación y promover la supuesta superioridad nacional: ajedrez o atletismo, por ejemplo).

 

Quizá por lo anterior, la Copa Davis se parece demasiado poco a los Mundiales de futbol, a ese intenso canto de himnos nacionales, a ese patriotismo (o patrioterismo) que brota a cada gol, a ese revivir añejas disputas con países a los que se reencuentra en la cancha, a esa cohesión nacional que crece en virtud de las hazañas de once hijos de la tierra.

 

La Davis es distinta, además, porque el común de los tenistas priorizan por encima de ella un buen desempeño en los torneos de Grand Slam. Muchos incluso prefieren dosificar piernas para estar más fuertes en los certámenes a los que no entran representando a su país, algo impensable para la mayoría de los futbolistas que sacrifican casi todo con sus clubes para estar a plenitud con la selección. Así como hasta la mismísima Champions League está a la sombra de un Mundial de futbol, la Copa Davis vive opacada por Wimbledon o los otros tres grandes.

 

La única cara nacionalista del tenis tenía que haber sido inventada por un político que llegó a secretario estadounidense de guerra, pero que antes creó este certamen como mecanismo para enfrentar a las mejores raquetas de la Gran Bretaña con las de Estados Unidos; el invento de Dwight F. Davis ha sobrevivido a una historia extraña y no siempre ha sido conquistado por los mejores tenistas.

 

Hasta hace unos días, podía decirse que a la Copa Davis le faltaba Roger Federer tanto como a Federer le faltaba la Davis. Sin embargo, él la peleó, la buscó, la deseó, la celebró, como si se tratara de su Grand Slam número 18.

 

Es el rey y punto. Cuando pensamos que su ocaso resulta inevitable y que sus glorias habrán de extraerse de añejos archivos, Roger reitera por enésima vez su sublime vigencia: 33 años y otro hito.

 

Recuerdo que en la entrevista que le hice a fines de 2011, me hablaba de su sueño de un oro olímpico en singles (ya lo tiene en dobles con el propio Wawrinka) y se refería a Londres 2012 como su última ocasión para conseguirlo. Imposible sospechar incluso para él mismo que a tres años iba a estar en tan plena forma y en condiciones de realizarlo en Río de Janeiro 2016.

 

 

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