Como todo relato épico, esta historia, la del partido más global que pueda encontrarse, la del clásico que disputan Real Madrid y Barcelona, tiene muchos principios y muchas interpretaciones; rompecabezas de odio que obliga a ensamblar demasiadas y muy variadas piezas; caleidoscopio de emociones que por momentos apenas exhibe motivaciones deportivas.

 

Para muchos, la enemistad comenzó en 1943 en una eliminatoria de Copa cargada de tensión; tras ser goleados en la ida, los merengues anotaron a los blaugranas nada menos que 11 goles; bronca, acusaciones, jugadores amedrentados, crónicas periodísticas rebosadas en furia, intervención política… Ese día se gestó la mayor de las rivalidades de España.

 

barcelona

 

Para otros, lo de aquellos agresivos emparejamientos fue efecto y no causa de lo que ya había determinado, inevitablemente, la magnitud de este clásico. Y razón no les falta. Para ese momento de explosión definitiva en la cancha, ya se arrastraban numerosas circunstancias políticas. El Siglo XX español corría voraz en acontecimientos y esta confrontación futbolística mostraba cicatrices por cada uno de ellos, como a continuación enumero.

 

En 1925, durante la dictadura de Primo de Rivera, el estadio barcelonista de Les Corts resultó clausurado por haber pitado el himno español y, a consecuencia de eso, el fundador de la entidad blaugrana, Hans Gamper, fue expulsado del país (este personaje, aunque suizo, vinculó desde un principio al equipo con el catalanismo). Tiempo después, ya en plena Guerra Civil, tropas franquistas fusilaron al presidente del Barça, Jordi Sunyol. Por esos mismos años, el futuro patriarca blanco, Santiago Bernabéu, se alistó y participó en la Campaña de Cataluña (diría en una entrevista: “quiero y admiro a Cataluña a pesar de los catalanes”).

 

Pasada la Guerra Civil, es cierto que Franco quiso modificar el sentido del Barça (con nula sutilidad, intentó rebautizarlo “España” y cambiarle el uniforme), aunque el Real Madrid todavía no se erigía ni remotamente el club del régimen. Javier Marías, en su maravilloso libro Salvajes y Sentimentales, deja claro que los merengues eran vistos como republicanos y perdedores de la Guerra Civil en la que incluso quedó destrozado su estadio (por contraparte, el Atlético de Madrid era tan cercano a las vencedoras fuerzas militares que se denominaba Atlético Aviación).

 

Entonces llegó en 1953, como punto de inflexión, el fichaje de Alfredo Di Stéfano. El Barça negoció su traspaso con River Plate, que era su original propietario; el Madrid lo hizo con el Millonarios de Colombia, donde jugaba a causa de la huelga del futbol argentino. El caos finalizó con la Saeta Rubia vestida de blanco y la eterna acusación catalana de que fue el mismísimo Franco quien dirimió a favor del conjunto capitalino (vale la pena recordar, para ponerle objetividad, que poco antes el régimen ayudó al Barcelona a alinear al no menos genial Ladislao Kubala, quien carecía de los papeles necesarios y a quien pronto se convertiría en paladín anti-comunista).

 

Sin embargo, la historia fue implacable: a una década del affaire Di Stéfano, el Madrid ya había ganado más Copas Europeas que las que tiene el Barça en la actualidad. Tanto triunfo, más la complicidad de Bernabéu, dejó perfectamente adheridos a club y régimen, como avalan algunas frases de la época; el ministro de exteriores afirmaba que “el Madrid ha constituido la mejor embajada que hemos enviado al extranjero”, así como otro alto cargo del franquismo aseguró en un discurso que “gente que nos odiaba ahora nos comprende, gracias a vosotros, porque rompisteis muchas murallas”.

 

Al tiempo, el Camp Nou se convertiría en el único sitio donde se hablaba el prohibido idioma catalán y se reforzaba la noción de Mes que un club (“Más que un club”), misma que ha mantenido con los mosaicos que claman “Catalonia is not Spain” o con el grito de ¡In… inde… independència!, al minuto 17 con 14 segundos (alusivo a 1714, cuando los catalanes consideran que fueron sometidos por el Estado español). En 1972 ya se imprimieron los registros de socios en catalán y en 1975, a un mes de la muerte de Franco, el Camp Nou fue el primer sitio de concentración masiva de banderas catalanas, precisamente en el primer Barça-Madrid post-dictadura.

 

Entendiendo o no tan complejos contextos histórico-políticos, la mayoría de los mejores jugadores de cada década ha pasado por uno u otro equipo, cargando de gestas de balón las nociones extra-cancha que dieron incombustible fuego a esta rivalidad.

 

¿Qué dato político se exageró y cuál se refirió con precisión? ¿Qué suceso histórico se amoldó y cuál en verdad existió? ¿Qué maquillajes, dobles verdades, desinformaciones, fanatismos, hemos asimilado? En tantísimos inicios y tantísimas interpretaciones que tiene esta historia, no es fácil saberlo ni establecerlo.

 

Lo que sí, que este sábado se juega un clásico que dejó de ser nacional para convertirse en símbolo de lo global, con más de 500 millones de personas pegadas al televisor.

 

¿República? ¿Guerra Civil? ¿Franquismo? ¿Transición a la democracia? ¿Afanes de soberanía catalana? Hay muchas maneras de contemplar este partido. Otra es gozar que, como suele acontecer, en la cancha estarán reunidas las dos mayores constelaciones futbolísticas que se puedan hallar. Y que tienen demasiadas cuentas pendientes. Y que, a diferencia del común de los clásicos, estos suelen ser maravillosos derroches de futbol.

 

A disfrutarlo, que aunque no lo parezca en este relato épico-mitológico-político, primero fue el balón.

 

 

 

 

Alberto Lati

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