Juego de niños

Alberto Lati

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Sorprendente, pero de ninguna forma novedoso: la irrupción prematura de ciertas estrellas ha sido tema desde que el deporte es tal.

 

Ahora ha sido el noruego Martin Odegaard, quien con 15 años y 297 días se convirtió en el jugador más joven en participar en un partido oficial de la UEFA; sin embargo, la historia deja claro que no se trata de un fenómeno (y un debate) exclusivo de nuestros días.

 

Ya en los Juegos Olímpicos de la antigüedad, Damaskos de Mesene compitió en la prueba de stadion (192 metros planos) con apenas doce años. Desde entonces (hacia el 368 a.C.) existía una división entre categoría menor y adulta, siendo precisamente los doce años el límite para inscribirse en la primera de ellas. Según relatan los investigadores Remijsen y Clarysse, hubo una edición en la que Artemídoros de Tralles fue campeón infantil de pankratio (lucha mezclada con pugilismo) y en esa misma jornada se impuso también a los adultos.

 

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Siglos más tarde, en cuanto emergió el deporte moderno, se mantuvo la polémica. La Carta Olímpica establece que los Juegos de invierno y verano están abiertos a competidores de toda edad, aunque concede a las federaciones de cada disciplina el derecho a estipular límites.

 

Por ejemplo, los clavados fijaron la restricción en los catorce años, después de que Fu Mingxia obtuviera medalla en Barcelona 92 con sólo trece. Algo similar con la gimnasia, a consecuencia del éxito de Nadia Comaneci en Montreal 76 cuando no pasaba de los catorce años; en 1981 se colocó la barrera en los quince y en 1997 se incrementó a los dieciséis.

 

Entonces llegamos al futbol que, como muchos deportes, tiene establecido que no hay obstáculos de edad. Son comunes los casos de elementos que actúan simultáneamente en la selección mayor y en la sub-20 o incluso la sub-17.

 

¿Cuál es el problema? Por un lado, de salud, ya que hablamos de una actividad de contacto en la que puede resultar lesionado quien todavía no posee suficiente cuerpo (cuando el boliviano Julio César Baldivieso decidió alinear a su hijo de doce años, fue criticado tanto por el nepotismo como por el riesgo al que sometió al niño). Por otro, y eso preocupa todavía más, de explotación de infantes.

 

Por talentosos o prometedores que sean los aspirantes a cracks, es obvio que tenerlos entrenando una cantidad de horas al día y no en el colegio con muchachos de su edad, resulta ya un problema. Para ellos ya será imposible ser normales o seguir paradigmas normales. Para colmo, está el factor dinero: el mercado aprecia la juventud y de ahí se desprende la creciente piratería.

 

El reglamento de FIFA insiste que hay tres formas permitidas de fichar a adolescentes extranjeros: si hay un cambio de residencia por razones ajenas al futbol (como artimaña se suele dar empleo al padre), si tiene al menos dieciséis años y es europeo, o si pertenece a un club a cincuenta kilómetros de la frontera. Todo lo demás, está penalizado.

 

La idea es, ciertamente, controlar una actividad que implica muchos millones y, por ende, atrae a muchos oportunistas.

 

Son célebres los casos de quienes llegan prematuramente al estrellato, como ahora lo ha hecho el noruego Odegaard o en su momento Samuel Eto´o, Lionel Messi, Cesc Fabregas. Menos se sabe de los miles de trasladados (o traficados) a sitios lejanos para jugar, quienes antes de los veinte años ya han sido desechados y cuya vida, lejos de casa y sin educación alguna, ha quedado truncada.

 

Odegaard, en un país ejemplar en materia de derechos humanos, es la cara amable de este tema; el problema es que hay muchos más.

 

 

 

 

 

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