Consultado por la posible renovación del contrato de Frank Lampard por una temporada más, su entonces director técnico, José Mourinho, dio a entender que eso no sucedería, aunque amortiguó la noticia explicando que en un futuro debía erigirse un monumento al jugador en el estadio Stamford Bridge.

 

No se trataba de cualquier futbolista, sino del mejor en la historia del Chelsea, el que hizo para el club más goles, el que contribuyó con mayor talento a más títulos.

 

Era el cierre de la campaña pasada. Con 36 años, Frank había sido convocado por la selección inglesa para disputar su tercera Copa del Mundo, aunque ya no seguiría vistiendo el dorsal ocho del Chelsea. Intentó continuar ahí, esperó que la dirección técnica recapacitara, incluso anunció que no tomaría ninguna decisión hasta tener claro que los blues renunciaban a su permanencia.

 

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El recién fundado New York City (institución lanzada conjuntamente por Manchester City y los beisboleros Yanquis), le ofreció un acaudalado salario para jubilarse, sometido a menor presión en la Major League Soccer. Portaría otro uniforme distinto al del Chelsea, pero lejísimos de la estación Fulham Broadway, donde se encuentra el Stamford Bridge, remoto a las fobias y rivalidades de las islas británicas. Verlo alinear en el Bronx no tendría más carga emotiva que la juventina al ver a Alessandro del Piero en la liga australiana o, en su momento, la madridista de ver a Emilio Butragueño en Celaya.

 

De primera instancia nadie consideró lo que al cabo de un par de días se aclararía: que el torneo estadounidense inicia hasta marzo de 2015 y que, evidentemente, Lampard no podía quedarse parado tantos meses. David Villa, el otro gran fichaje del mismo NY City, había sido prestado al Melbourne. Lampard no atravesó tantos océanos: se quedó con el Manchester City, rival por el título del Chelsea, y accionista de su nuevo contrato al ser copropietario del cuadro neoyorkino.

 

Así llegamos hasta este domingo, cuando los dioses del balón pudieron gozar de uno de sus grandes caprichos: que con el Chelsea derrotando al ManCity, Lampard ingresara como relevo en los últimos minutos y clavara el tanto del empate.

 

Muy extraño ya había sido observar a Lampard con otro uniforme. Más todavía, en contra del Chelsea. Confieso que inconscientemente lo busqué en la cancha entre las casacas azul obscuro y no las azul claro. Confieso, también, que como la mayoría de los aficionados en el mundo (los ajenos al Chelsea con morbo; los propios, con el tipo de miedo que experimenta un esposo que teme sorprender a su mujer en adulterio), imaginé que Frank anotaba a su ex equipo. Para dotar al acto de más surrealismo, el defensa que intentó frenar el balón fue su compañero de mil batallas, John Terry.

 

Acaso no vuelva a anotar en la presente temporada para el Manchester City. Acaso sus minutos sigan siendo más bien pocos en tan poderoso plantel. Sin embargo, lo de este domingo quedará entre los episodios más rocambolescos y sentimentales en la historia de la Liga Premier.

 

Cuando Lampard llegó a Stamford Bridge en 2001, el último título de liga databa de 1955. Trece años después, cuando se fue, su contribución era de tres ligas, cuatro copas FA, dos Copas de la Liga, dos Community Shield, una Europa League y, sobre todo, una Champions League.

 

Por eso lo de la estatua, aunque recurso demagógico de Mourinho para decir que ya no quería al veterano, hizo perfecto sentido. Con lo que nadie contaba era con que las estatuas suelen ser de quienes fueron y no de quienes todavía son. Y que, aún vigente, esa estatua podía tornarse contra quienes más la idolatraron, convertirse en su más inesperado verdugo. Un verdugo que no festejó su anotación. Y eso, tal vez, haya lacerado todavía más a la feligresía blue: recordar no sólo su gran capacidad para aparecer en momentos cumbre, sino la caballerosidad que lo acompañó en cada uno de sus 211 goles ataviado de azul oscuro.

 

 

Alberto Lati

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