La moda empezó en destinos asiáticos: Japón, Tailandia, China, Malasia.

 

El mercado futbolístico había cambiado desde la campaña 1996-97, cuando la sentencia Bosman entró en vigor, propiciando que los equipos del viejo continente ya no tuvieran límite de jugadores de la Unión Europea. Lo anterior, reventó el mercado. Surgieron planteles con hasta veinte extranjeros, haciendo imperativo elevar lo pagado por traspasos y sueldos.

 

No tengo dudas de que apenas ahí, el futbol se hizo verdaderamente global. Poco antes la Copa de Clubes Campeones se había transformado en Champions League, incrementando cantidad de participantes, rondas, audiencias, expectativas, necesidad de armar equipos competentes en lo futbolístico y lo mediático.

 

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De tal forma, que los equipos españoles, ingleses, italianos, dejaron de organizar pretemporadas en las que sus futbolistas eran aislados en aldeas de los Alpes o rincones impenetrables de los Escandinavos, cual monjes tibetanos, y se empecinaron en aprovechar esas semanas sin competición oficial a fin de facturar. Al mismo tiempo, era la única posibilidad en el calendario para posicionarse en mercados emergentes del balón, promover la venta de parafernalia y uniformes, hacer crecer su marca en sitios impensados.

 

Japón, con la Beckham-manía, pudo ser el primer sitio, aunque de inmediato emergió China, donde justo en los primeros dosmiles aparecían miles de ciudadanos con naciente capacidad económica para pagar boletos de entrenamientos y cotejos amistosos.

 

Si a los jugadores cansaba la nueva modalidad, si a los entrenadores molestaba que los otrora días de guardar se convirtieran en baños de multitudes, si a los preparadores físicos se les despojaba del único instante para afinar músculos y condiciones aeróbicas, si a los locales se les cobraba a precio de oficial lo que eran partiditos llenos de suplentes y faltos de calidad, todo eso era lo de menos. Algo tenía que hacerse para incrementar ingresos. Y funcionó.

 

Valga tan largo preámbulo para referirnos al giro que esas pretemporadas dieron: que Asia pasó pronto de moda y fue reemplazada por ese último reducto al que el evangelio del balón redondo (y pateado con los pies) no había penetrado: Estados Unidos.

 

Está además el mercado árabe, las millonadas pagadas por Dubái, Qatar, Abu Dabi, para mandar traer a los trabucos europeos, con la desventaja (misma que para elegir sede mundialista, la FIFA ignoró) de que en julio y agosto es imposible efectuar trabajo físico en el ardiente Golfo Pérsico.

 

Un buen artículo publicado por la BBC, recordaba el partido Manchester United-Juventus, en el que el sonido local del Giants Stadium se refirió a la presencia del legendario Bobby Charlton modificándole el nombre: Bobby Carlton, le dijeron. Resumen perfecto de que nadie en la Unión Americana se interesaba o entendía ese juego de patadas, tan distinto a lo que pasa hoy.

 

A unas semanas del cierre del Mundial que confirmó en definitiva la pasión estadounidense por el futbol (masas en Chicago o Nueva York viendo partidos; celebridades, políticos y deportistas desbordados en mensajes por redes sociales; personajes como Leonardo Di Caprio, Joe Biden o Kobe Bryant en pleno estadio; olas de explosiva euforia y cánticos por la selección local), la pretemporada europea ha sido más estadounidense que nunca.

 

Manchester United, Real Madrid, Bayern Múnich, Inter, Roma, Milán, Liverpool, Manchester City, abarrotaron estadios y eventos en los Estados Unidos. Casi con la excepción del Barcelona o Chelsea, la completa élite europea.

 

Es la nueva meca para hacer pretemporada y tiende a crecer como tal.

 

El futbol sigue demandando mayores ingresos para confeccionar más poderosas plantillas y pagar más elevados gastos. La respuesta parece venir pintada en barras y estrellas, tal como antes lo entendieron selección y clubes mexicanos, desplazados a la vecina nación para sus amistosos. El costo es el mismo que en nuestro país ya conocemos: sacrificar lo deportivo a cambio de lo económico.

 

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

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