Hay relatos que, se nos ha de conceder, pueden no iniciar por el principio. Acaso por rehuir pesares, acaso por esquivar incomodidades, acaso por posponer debates, acaso por la certeza de que todos igual ya conocen el desenlace de la película, pero abriremos por el maravilloso final.

Van saliendo los tricolores de la cancha de Recife. Los abrazos, los gritos, la euforia, la complicidad, la solidaridad, hacen que todos cuanto pasan camino a los vestuarios junto a un servidor, parezcan el mismo: idénticos en sonrisa, idénticos en compromiso, idénticos en confianza, idénticos en satisfacción, idénticos en sudor (que no es poco, tras lo que se ha corrido y padecido en la humedísima Arena Pernambuco).

Ahí está el mejor resumen de esta primera ronda mexicana: ese bloque que es el mayor triunfo de Miguel Herrera, más allá de planteamientos, variantes, formaciones, elección de jugadores, neutralización del rival; que lucen igual veteranos y novatos, consagrados y debutantes, criticados y loados, titulares y suplentes (diferencia demasiado marcada en un once que, por primera vez en décadas, ha repetido en tres partidos seguidos).

También ahí radica el verdadero poder mexicano en Brasil 2014. Ahí, y en una defensa que tras años de comerse gol entre distracción y distracción, hoy es inexpugnable. ¿Cuántas veces se habrá entrenado en las instalaciones de Santos el prevenir ataques a balón parado? ¿Cuántas repeticiones? ¿Cuánto énfasis en un mal que achacábamos a México como si fuera tan endémico como el nopal? Eso lo saben los que están dentro, los que se han desgastado replicando al infinito, los que de tanto ensayar terminaron soñando con Eto´o, Neymar y Mandjukic, tres generaciones de ofensivos que en común tienen el horadar porterías un día sí y otro también…, y el haberse ido en blanco contra Ochoa.

México se impuso, pero antes se asomó demasiado al precipicio, decidió tragar algo de bilis, se atrevió a una ruleta croata que, en cualquier bala incrustada por Modric, Olic o Rakitic, pudo resultar fatal.

Fuimos inseguros. Fuimos insensatos al desplazar abajo el balón. Fuimos imprecisos en ese penúltimo toque que convierte lo agradable en memorable. Fuimos menos impecables de lo que la cita ameritaba. Sí, en el camino secando cada gota del esfuerzo croata. Sí, en el camino asfixiando a quien tuviera cuadrícula en el uniforme y osara circular con el balón. Sí, en el camino apretando la pierna cuando la situación lo ameritaba. Sí, en el camino reduciendo a palabrería tan vana como barata lo del técnico Niko Kovac: que nos iban a temblar las piernas.

Sí le tembló, aunque la garganta, a las decenas de miles de mexicanos en las gradas pernambucanas: ese instante en el que el cántico se convierte en murmullo. Quizá porque lo que era lógico contra Brasil, o sea perder, contra Croacia no era permisible, pero en el primer tiempo percibí demasiado apagado a un escenario que en color era verde de cabo a rabo.

Una primera mitad en la que se sufrió muchísimo, en la que la eliminación pudo estar agazapada tras cualquier balón aéreo o rápido contragolpe, en la que la horquilla privó a Héctor Miguel Herrera, crack mayor en esta primera fase tricolor, de un gol que merece más que nadie en nuestro plantel.

Iniciamos el segundo tiempo con el cuchillo entre los dientes, con la mandíbula trabada, con la resignación a 45 minutos más de estoicismo. Sin embargo, Croacia ya no era la misma ni lo volvería a ser (y no caigamos en el simplismo de atribuir todo a la humedad: el sauna que los fundió se llamaba México).

Primero fue un faraónico Rafael Márquez, quien con la edad no sólo es más inteligente sino, extraña metamorfosis, más pundonoroso: con un cabezazo en la nuca apagó a Modric, con otro al balón apagó el ajedrez rojiblanco.

Al notar a los balcánicos contra las cuerdas, emergió Andrés Guardado para noquear luego de una rápida combinación a cuyos pases el rival siempre llegó no menos de un segundo tarde.

Todavía vino el gol más justo: Javier Hernández, ídolo máximo dos años atrás y hoy reserva, recibió premio a la gran disposición que ha mostrado a esta faceta de espera. Importante decir, su revolucionado ingreso terminó por romper el cero a cero, por modificar la inercia del partido, por apesadumbrar y desquiciar a los pocos croatas que aún pensaban.

Entonces sí, el final que ya todos conocemos y que sintetiza el primer tramo del torneo mexicano: el bloque más cerrado, el bloque más enchufado, el bloque más metido, sonrisa y personalidad como denominador común de los once de verde.

A pensar en Holanda, van Persies y Robbens. A pensar en levantar a Miguel Layún y Gio Dos Santos, distantes de los que tienen que ser. A pensar en el ajuste por la suspensión del Gallito Vázquez. A pensar en hallar forma de producir más. A pensar en hallar forma de sufrir menos. A pensar que lo mínimo aceptable, esos octavos de final, ya se logró. A pensar que el quinto partido vuelve a estar a noventa minutos. A pensar que la personalidad ha de ser igual, pero el futbol mucho, muchísimo, más.

Twitter/albertolati

 

 

 

Alberto Lati

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