Que no hay partido de vuelta entre el hombre y su destino, ya lo dijo el escritor irlandés Samuel Beckett. No existe partido de vuelta en general, que para bien o para mal así de contundente es la vida, pero tampoco en lo futbolístico o, para ser más claros, hoy en Recife.

 
Como dirían los toreros a los que dio voz Luis Spota, de la Arena Pernambuco saldremos por la puerta grande o en ambulancia; la primera opción significará seguir en Brasil 2014; la segunda, cuajar (¡pese a todo!), la peor actuación mexicana en Copas del Mundo en 36 años.

 
He puesto exclamación en “pese a todo”, porque en este torneo hemos tenido instantes espléndidos y dos partidos para el recuerdo (que, si se cae frente a Croacia, serán más bien para el olvido): victoria muy bien trabajada contra Camerún y contra aquel horrible arbitraje, empate heroico ante Brasil que es mucho decir si se recuerda que se está jugando en su casa.

 
Sin embargo, en ocasiones así de exigente es el destino. Porque en los pasados dos Mundiales se avanzó a octavos de final incluso perdiendo el tercer cotejo (en Alemania 2006 con Portugal, en Sudáfrica 2010 con Uruguay) y ahora, con una primera ronda que me ha parecido del todo superior a las efectuadas en esos dos precedentes, sólo vale ganar.

 
Terminado el Brasil-Croacia inaugural, conversé en Sao Paulo con Davor Suker, máxima leyenda del futbol croata y actual presidente de la federación de futbol de ese país. Me aseguraba que en todo caso, el cotejo del Tricolor contra sus muchachos de cuadrícula rojiblanca, sería un playoff , una final en plena fase preliminar. Y el genial Davor, que años atrás no erraba remate alguno, tampoco erró en su pronóstico, salvo por un detalle que se le escapó: que México lograría igualar con Brasil.

 
¿Qué ventaja nos ha dado ese resultado? Más allá del pavor que muchos sentimos por el peligroso triunfalismo que puede haber quedado impregnado, el derecho a empatar; ni más ni menos, que tampoco significa el salir a empatar.

 
Es un partido trampa. Y para partidos trampa no se encontrará dupla de líderes más adecuada que la conformada por Miguel Herrera y Ricardo Peláez. Con su terapia de choque, con su específica dosis motivacional, con su capacidad para meterse cual taladro en la mente de cada jugador y enfatizar: no se ha ganado absolutamente nada y hay riesgo de perderlo absolutamente todo.
Desde atrás, México tiene que marcar mejor. Memo Ochoa rescató a nuestras huestes de las peores emboscadas.

 

Esta vez, Maza Rodríguez no podrá quedarse en alguna salida en línea, ni Rafa Márquez ser superado en algún cabezazo, ni Héctor Moreno ceder balones en la salida, ni Paul Aguilar y Miguel Layún tardar en tomarle el ritmo a la contienda. Si se quiere dejar Recife con vida, habrá que ser impecables. Lo mismo para la media cancha que necesita crear más y regalar menos. Más todavía para los delanteros que tendrán que aparecer y meter lo mucho o poco que les llegue. No es que yo pida demasiado, es que lo exige la circunstancia.

 
En frente estará uno de los nueves más letales del mundo y dos de los mediocampistas más eficientes de la actualidad. Además, un plantel tan físico como técnico, en esa mezcla futbolera que lograron los Balcanes hasta ser calificada la extinta Yugoslavia como el Brasil europeo.

 
En el fondo, tengo una certeza: que Croacia, con mejores individualidades, no es mejor equipo que México. Y, más importante aunque suene reiterativo para el que ha hecho favor de leerme en días anteriores: que de acuerdo a lo visto, este Tri podrá perder por futbol, pero no será por personalidad y agallas.

 
Que se alegre el Cielito Lindo. Que brille el cuadro mexicano. Que asuma con grandeza la frase de Beckett: que no hay partido de vuelta entre el hombre y su destino. Y que es mejor así. Que de obstinación, antes que de otra cosa, están hechos los sueños.

Alberto Lati

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