Todos los balones han llevado a Sao Paulo desde hace casi cuatro años. Todos los caminos que abrieron en procesos eliminatorios extendidos a lo largo y ancho del planeta. Todos los procesos emprendidos por más de doscientas selecciones desde que Sudáfrica 2010 cerró con la coronación española.

 
Y todo en Brasil tendría que haber estado listo no para hoy ni para ayer o incluso la semana pasada, sino por lo menos para hace un par de meses.

 

 

El país anfitrión de la Copa Mundial tuvo al menos siete años para prepararse, aunque, entre estadios no terminados, infraestructuras a medio hacer y trámites pospuestos, la historia concede todavía menos excusas a tan tortuoso proyecto: que nadie jamás dispuso de más tiempo que los brasileños para preparar un mega-evento deportivo.

 

 

Siete años, sí, desde el nombramiento oficial, pero once desde la concesión virtual de la sede. Me explico. La Copa 2014 llegó a Brasil casi por decreto de la FIFA y sin genuina competencia; aquí no hubo que agasajar comitivas, convencer a delegados de que contaban con las mejores condiciones para albergar el certamen, aguardar votaciones y el misterioso contenido de un sobre. Instaurado el esquema de rotación continental de Mundiales (lo que se precipitó cuando Alemania arrebató, no con poca polémica, el torneo 2006 a Sudáfrica), se dejó claro en pleno 2003 que el 2014 era para Sudamérica; y en esa región sólo Brasil estaba interesado y reunía las circunstancias, por mucho que Colombia se postuló por unos breves meses, hasta que el propio Joseph Blatter desestimó: “Lo de Colombia se trata más que nada de una presentación de relaciones públicas para decir que están vigentes no sólo por otros encabezados, sino también por el fútbol”.

 

 

Nos referimos entonces a once años. Tanto tiempo como para haber hablado al principio del proceso y mientras Lula seducía en la presidencia, de que se construiría un tren de alta velocidad entre Sao Paulo y Río de Janeiro, que se modernizarían más de diez aeropuertos, que se revitalizarían numerosas favelas (para ubicarnos en el tiempo: el programa de pacificación se lanzó en 2008 y tuvo como clímax la entrada en el violentísimo Complexo do Alemao de Río en 2011), que abundarían los empleos, que la economía seguiría creciendo cerca de dos dígitos por año y con ella la clase media, que las avenidas, la industria, los servicios, los estadios, el entusiasmo local por albergar el Mundial, serían la envidia del planeta. Que todos ganarían y se sentirían orgullosos.

 

 
Brasil estaba de moda y ese jalón le alcanzaría para también quedarse, ya en 2009, con la sede de los Olímpicos 2016, aunque ese ya es otro tema y de él se hablará sobre todo en un mes (algo así como la batalla que viene).

 

 

El Mundial puede ir muy bien a partir de hoy, pero la historia no concederá justificación a quienes desarrollaron a toda escala este evento y arrebataron a Atenas 2004 el título de organización más demorada y problemática: estadios con presupuesto disparado incluso al triple, infraestructuras cuyas obras ni siquiera se iniciaron o se atoraron en etapas muy prematuras, aeropuertos en plena construcción ya con aficionados llegando, una oposición masiva al evento que creció exponencialmente en la Copa Confederaciones y es un misterio hasta qué punto se hará notar ya con el balón en movimiento, escenarios no terminados y que inclusive han tenido que disminuir su aforo (acto de prudencia en Sao Paulo para la inauguración, el no meter a personas a estructuras nunca probadas), autopistas indispensables que hoy son zona de desastre, unos cuatro estadios destinados a que nadie los llene después de sus 4 ó 5 cotejos mundialistas, denuncias de corrupción, cuatro veces más trabajadores fallecidos en obras mundialistas que para Sudáfrica 2010, contratos colectivos pospuestos que derivaron en huelgas ya con los reflectores del planeta clavados en Brasil…, y, unas semanas atrás, la confesión pública del mismísimo Ronaldo, cabeza y voz del comité organizador: que “siente vergüenza” con la imagen proyectada por su país.

 

 

¿Qué pasará desde hoy? Muchas interrogantes, aunque más allá de lo que suceda en la cancha, el perdedor del Mundial 2014 tiende a ser Brasil: por el gasto, por la ruptura social, por el retroceso en credibilidad y transparencia, por lo que de él se ha dicho cuando, en teoría, se iba a estar loando al gigante que despertaba y brincaba a ritmo de samba al máximo escalafón en el concierto de las naciones. Y su clase gobernante que en mayo de 2013 inspiraba confianza tras años de dictaduras, inflaciones, devaluaciones, cambios de moneda, desigualdad social.

 

 

Mundial, hoy, como sea. Con amplios perímetros de seguridad en torno al estadio, con amenaza de huelga en el metro, con grupos (algunos politizados) deseando sabotear el evento, con obras que ya no fueron y difícilmente serán, con la FIFA en medio de otro escándalo.

 

 

Mundial, hoy, al costo que sea. ¿Todos los balones llevaban a Sao Paulo? Pues entonces que ruede la pelota y nos haga por fin hablar de futbol.

Alberto Lati

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