Confiesa la Confederación Brasileña de Futbol, que ha llevado a un psicólogo a la concentración de la selección verdeamarela para trabajar con los jugadores los complejos por la derrota a manos de Uruguay en la final del Mundial de 1950.

 

Por casualidad, a los pocos segundos de leer ese encabezado, me topo en un libro de crónicas del sensacional Nelson Rodrigues con las siguientes frases escritas en 1956: “De hecho, el futbol brasileño lo tiene todo, menos su psicoanalista. Se cuida de la integridad de las piernas, pero nadie se acuerda de preservar la salud interior, el delicadísimo equilibrio emocional del jugador. Y mientras que vamos y venimos, ya es tiempo de atribuir al crack un alma, que tal vez sea precaria, tal vez débil (…) Creo precisamente que, en técnica, brillantez, agilidad mental, somos invencibles (…) Quien gana y pierde los partidos de futbol es el alma (…) En el juego Brasil-Uruguay entiendo que un Freud hubiera sido mucho más eficaz en la boca del túnel que un Flavio Costa, un Zezé Moreira, un Martim Francisco”.

 

Al priorizar la figura del psicólogo por encima de la de los tres directores técnicos más reputados de Brasil a principios de los cincuenta, Nelson reiteraba que el problema no era futbolístico…, circunstancia que, por lo visto, 64 años y cinco títulos mundiales después, persiste para el scratch du oro.

 

Si toda civilización tiene en su momento fundacional cierto derramamiento de sangre, los simbólicos borbotones vertidos en Maracaná en 1950, se mantienen como el origen de toda grandeza, vacilación y aspiración del futbol brasileño (o de Brasil mismo; aquí va otra de Nelson, esta tras la coronación en 1958: “Gracias a esos jugadores, digo yo, Brasil se descubrió a sí mismo”).

 

Desde ese trágico día de julio del cincuenta cambió el uniforme y surgió, tras un concurso, el verdeamarela que propuso el joven Aldyr Schlee. Como toda mitología o cosmogonía, en esta resulta inevitable la paradoja (acaso, la más sarcástica y burlona de ellas): que Aldyr, al haber nacido en la frontera entre los dos países, se considera más uruguayo que brasileño, y que según me explicó meses atrás en su casa, la final del cincuenta lo dejó confundido: “yo comencé a llorar, y no sé si era de alegría porque Uruguay ganaba o de tristeza porque Brasil perdiera”.

 

Más allá del uniforme, la derrota implicó una fractura racial para el país que continuaba atorado en la segregación a poco más de medio siglo de abolir la esclavitud. Tres jugadores negros fueron culpados por la derrota: el portero Barbosa, el lateral Bigode y el defensa Juvenal. Si se habían diluido algunos de los traumas y estereotipos, si se habían superado ciertos rencores y suspicacias, estaban de regreso balón de por medio.

 

Precisamente el hermano de Nelson, el periodista Mario Filho Rodrigues, desde entonces exploró esa temática, con énfasis en la corona que finalmente llegaría en Suecia 1958 con un negro –Pelé– y un mulato –Garrincha– como héroes. Su libro, El negro en el futbol brasileño, es el mayor legado del personaje que da nombra oficial al Estadio Maracaná y que al luchar contra el prejuicio racial derivado del Maracanazo, propició otro: sostener que de la armonía futbolística derivada de ese mestizaje, brotaría la armonía nacional a toda escala.

 

El psicólogo intentará quitar el peso de 1950 de los hombros de Neymar, Thiago Silva, David Luiz y compañía. Aprovechando las sesiones, quizá pueda preparar al plantel para algo insospechado en 1950, como en 1980 o incluso a inicios de 2013; algo impensado para los geniales hermanos Mario y Nelson, como para todos quienes desde entonces nacieron, pensaron, jugaron, escribieron, vivieron en Brasil; algo que en 2014 luce más difícil de ser sobrellevado que la añeja hecatombe en casa a manos de los uruguayos: el ser local ante una población que, en su mayoría, repudia albergar el Mundial y protesta ante todo lo que huele a él.

Alberto Lati

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