Hay personas para las que pasan demasiados trenes, que ya han perdido muchas embarcaciones, que ya han desperdiciado numerosas ocasiones y, sin embargo, otra vez se pueden subir (a la inversa de lo que plantea un poema de Kostas Kavafis, retomado para el título del libro de Luis González de Alba, No hubo barco para mí: “Siempre llegarás a esta ciudad. A otras ni esperes, no hay barco para ti”).

                Con casi treinta años de edad, Ángel Reyna recibe otra alternativa para mostrar que es capaz de concentrarse en jugar, de derrochar sobre el césped la inmensa cuota de futbol que tiene y no extraviarse en sus sempiternos líos, indisciplinas, indolencias.

 

No ha pasado ni medio año desde que su entonces director técnico en Veracruz, Juan Antonio Luna, explicara la razón para prescindir de él: “…pregúntenselo a Reyna. Es como si vas a tu trabajo y les dices que no quieres trabajar, ¿qué haces? (…) El que no quiera estar, a fuerza ni los zapatos…”, a lo que el futbolista replicaba con cinismo: “No tengo preocupaciones de nada, es una decisión que yo tomé el estar en la banca y no pasa nada, ahora me toca apoyar al grupo desde ahí”.

 

Nada de qué sorprendernos si consideramos cada episodio en su convulsa carrera. Allá donde fue, en algún punto prometió, insinuó, ilusionó, y, posteriormente, se enemistó. Es su dinámica, es su perfil, es la losa que pesa sobre el indiscutible talento que se ha ocupado en diluir año con año.

 

Ahora estará en unas Chivas que así confirman que no hallan qué comprar: lo poco disponible en el mercado, es caro y no convence, a manera que necesitan incurrir en un riesgo de esta dimensión y reforzarse con alguien que, con base en probabilidad y estadística, terminará por pelearse con todos. Ojalá que no, pero quien ya salió mal de América, San Luis, Monterrey, Pachuca, Veracruz, no tendría por qué estar bien en el Guadalajara.

 

Enésimo conato de rescate de sus innegables condiciones: de su creatividad, de su desequilibrio, de su cambio de ritmo, de esas características atípicas en nuestro balompié; todo lo anterior, a un elevado costo en un historial que incluye peleas y desencuentros con compañeros y rivales, con entrenadores y directivos, con declaraciones incendiarias, con recurrente falta de compromiso.

 

En apariencia, Jorge Vergara ha comprado una bomba de relojería, nueva intentona del directivo de sentirse paternal hacia un futbolista, orientarlo, intentar salvarlo de sus fantasmas como en su momento con Adolfo Bautista.

 

En una de esas, el último tren que ha recogido a Ángel Reyna es el bueno.

 

Lo que nadie negará, es que tiene mucha suerte. Incluso más, y es decir, que futbol. Para él sí hay demasiadas ciudades, para él sí hay demasiados barcos.

Alberto Lati

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