No sólo los convertimos en hijos de los resultados sino que, además, estamos malacostumbrados.

                La indignación cundió en cuanto se supo cuánto había corrido Lionel Messi en la derrota barcelonista a manos del Atlético de Madrid: ¡Apenas 6.8 kilómetros!, exclamaban los inquisidores encabezados; escaso kilómetro y medio más que el guardameta Pinto y la mitad en relación a algunos de sus empeñosos rivales.

 

Claro que hubiera bastado con que hiciera una de tantas de las que hace tan seguido, para que el consenso cambiara de sentido y entonces afirmara algo así como, “le basta con aparecer en una”, “cuando da la impresión es estar menos activo…”, “emerge salvador en el momento cumbre”, “él no necesita correr todo el tiempo”. Así funciona, que tampoco hay razón para aplaudir al que no ha tenido una noche brillante. Hasta ahí estamos de acuerdo, porque el rosarino sólo pudo enviar un remate con dirección a portería en noventa minutos.

 

Y luego revisamos unas cifras: que ha anotado 67 goles en 85 partidos de Champions, incluidas anotaciones en sus dos finales jugadas; que también lo ha hecho en dos finales en Copa del Rey; que es el máximo anotador en la historia de la Súpercopa española (al conquistarse a sólo dos partidos, son tantos que se traducen en títulos); que definió para el Barça una Súpercopa europea; que encontró las redes en sus dos finales de Mundiales de Clubes; que los equipos a los que ha metido más goles en España, son nada menos que a los dos mayores rivales blaugranas: Real Madrid y Atlético (es decir, que normalmente sí brilla cuando es indispensable y contra quien es indispensable).

 

El párrafo anterior toma especial relevancia porque en este mundo que tanto gusta de mezclar temas, se comenzará a relacionar su falta de trofeos con Argentina con lo acontecido en el estadio Vicente Calderón, parábola del todo ridícula. Messi, caiga bien o mal, sea sincero o ficticio su look de niño bueno, se le prefiera a él o a Cristiano Ronaldo, ya a la altura de Maradona o no, ha estado para rescatar al Barcelona en el 99.9 por ciento de las ocasiones en que se le ha necesitado. Puntual. Resolutivo. Oportuno.

 

Contra el Atlético no pudo. ¿Por qué? Por desidia o indolencia, no. Supongo que por un mosaico de factores: la avasalladora superioridad del rival que neutralizó cada eje del Barça; malas decisiones de su director técnico como aferrarse a Neymar y sustituir a Andrés Iniesta; su ubicación, ésta vez por izquierda; tanto trajín arrastrado por sus piernas… Y, más allá de todo, porque al igual que su némesis CR7, no es una máquina.

 

Las críticas a su registro de kilómetros coinciden con el anuncio de una lesión más grave de lo previsto en Cristiano Ronaldo. Tarde o temprano, tiene que suceder en estas temporadas de setenta partidos de semejante exigencia (en los que las rotaciones no suelen aplicar para ellos dos, aferrados también a disputar cada minuto y optimizar cada instante para incrementar sus increíbles records).

 

El Barcelona naufragó en el madrileño río Manzanares y, con él, su máximo estandarte que es el crack argentino. Corrió poco, lo que nunca ha sido un obstáculo para que jale la balanza hacia el lado de los suyos.

 

Empeñarse en revisar su kilometraje es un afán de simplificar un tema muchísimo más complejo: que desde hace un buen rato, el gran Barça dejó de existir.

Alberto Lati

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