Demasiado cerca del precipicio.

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Como si fuera una película de Alfred Hitchkock, pasa que entre más cree uno que hace por alejarse del fatídico límite, más se acerca. Se dan vueltas para volver al mismo lugar. Se hace de noche, crecen los miedos, se imaginan ruidos, desaparecen las certezas, la persecución apremia, nadie sabe qué hacer con el balón, y ahí se sigue: contemplando el escalofriante vacío a un pequeño paso en falso.

 

Así vivió (o padeció) el Real Madrid su calificación a semifinales de la Liga de Campeones de Europa. Con los ojos clavados arriba en el renuente reloj, con la quijada tan fruncida que engarrota las piernas, con el precipicio como desenlace factible a cada instante del segundo tiempo.

 

Alcanzó, sí. Como no alcanzó a esa misma hora al Paris Saint Germain, incapaz de aguantar (por escasos minutos) la ventaja de la ida ante el Chelsea.

 

Había dicho Carlo Ancelotti, estratega madridista, una frase certera en la conferencia de prensa previa: “Ellos tienen noventa minutos para hacer cuatro goles y nosotros esos noventa para hacer uno”. Falló en un detalle: que con tres al Dortmund bastaba para mandar esto al alargue. Y que ese uno merengue se dificultó a proporciones insospechadas a quienes parecían tener un día de campo cuando les surgió un penalti favorable en los primeros minutos. A falta de Cristiano Ronaldo, Ángel Di María lo ejecutó. Para cuando las huestes blancas despertaron de la pesadilla de cobro del argentino, su sinodal ya había clavado dos, y quedaba más de una hora por delante.

 

Si algo no se desea en el futbol, es un rival alemán a un gol de distancia. Ha pasado en Copas del Mundo desde hace más de medio siglo: lo que para el común es una losa, para ellos es un generoso desafío a su Sturm und Drang, a sus tempestades y sus ímpetus, a su Muss es Sein: ¡Tiene que ser así!

 

El Madrid sobrevivió a sus males, a no tener a Cristiano, a la combatividad teutona, a remates de gol repelidos milagrosamente por los postes, y ya está en semifinales por cuarta vez al hilo; las tres anteriores fueron el obstáculo donde se estancó José Mourinho, quien a su vez se metió a su quinta semifinal consecutiva de Champions, ahora con el Chelsea.

 

Si avanzaran Bayern y Barcelona este miércoles, el morbo estará desbordándose en el sorteo del viernes: ¿Guardiola vs Mourinho? ¿Madrid vs Barça? ¿Madrid vs Pep? ¿Barça vs Mou? ¿¡Mou contra sus ex blancos!? ¿¡Pep contra sus ex blaugranas!? Añadido a todo ello el precedente de rivalidad tanto del Bayern contra el Madrid como del Chelsea contra el Barcelona.

 

Pero está el Atlético de Madrid y ya sabemos cómo se las gasta. Entre mayores ausencias y peores augurios, con más brillantez se desempeña. Tanto, que no es descabellado considerarle

 

favorito para eliminar a los catalanes. El marcador de uno a uno de la ida disputada en el Camp Nou, le otorga una oportunidad única: colarse a la verdadera élite del balompié europeo y hacerlo orillando nada menos que al otrora (¿o aún?) rey, el Barcelona, con quien pelea por la liga española.

 

Muchos precipicios por delante. Viene un miércoles en el que será inevitable caminar ahí, cerca del despeñadero. Y luego un viernes, con el sorteo, en el que demasiados fantasmas del pasado amenazarán con empujar a la caída libre.

 

Siendo cosas de la vida, sería raro que no lo fueran del futbol.

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