Incondicionalidad a prueba de todo, ser atlantista es, o se ha convertido, en saber sufrir, saber aguantar, saber sobrevivir.

 

Sobrevivir a cambios de ciudad, de propietario, de realidad social, incluso de nombre; sobrevivir a maldiciones; sobrevivir a perder a los mejores futbolistas cuando apenas han dado una pizca de lo que se intuye pueden llegar a dar; sobrevivir al desencanto como desafío permanente a la pasión; sobrevivir a la certeza de que si algo va mal, estará peor, y de que si se pone peor, de alguna hermética manera convergerá a un punto mejor.

 

Neza, Querétaro, Cancún, así como estadio Azteca y Azulgrana (ahora azul). Diferentes gestiones, desde un furibundo general de soluciones pistola en mesa (José Manuel Núñez), hasta el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), pasando por el Departamento del Distrito Federal, el grupo Pegaso o el personaje que empezó por venderles balones y terminó por enamorarse de sus colores (José Antonio García); haber sido el equipo con más recursos, suficientes incluso para traer al campeón de goleo de Alemania 74 (Gregorz Lato) o a un mundialista argentino (Rubén Ayala), y haber sido el más pobre con anécdotas que hablan de jugadores corriendo a la taquilla tras el silbatazo final para tomar su sueldo.

 

Cargar con nombres tan pintorescos como Sinaloa (en alusión a la capitalina calle en la colonia Roma y no al estado), Lusitana (por un buque hundido en la Primera Guerra mundial), U-53 (por un submarino de la misma confrontación) y, finalmente, el no menos peculiar Atlante (¿Por los guerreros toltecas ubicados en Tula? Vaya sorpresa, a decir de la página oficial del equipo por el océano Atlántico o el mito de la Atlántida).

 

Con una historia tan impregnada de fatalismo y lealtad, no han sido sorpresivas las innumerables casi-desapariciones del club, contrastadas con otras tantas resurrecciones. Por ello, quizá para el común de las instituciones hubiese representado una losa imposible la desventaja atlantista en materia de descenso al arrancar el presente certamen.

 

Y, como colmo del absurdo, abrir fallando dos penales ante el campeón León; o ir a Veracruz en la jornada 2 y perder de último minuto contra un sinodal que tuvo diez hombres durante una hora, sin notar que ese mismo equipo, los Tiburones Rojos, sería su genuino rival para evitar caer al pozo de la división de ascenso; o tantas unidades que regaron de manera inverosímil y que hoy tendrían al Potro a salvo.

 

Pero es parte del atlantismo: a más sufrir, más creer; y entre más difícil se torna el credo, más se acerca lo insospechado. Hoy el cuadro azulgrana es quinto lugar general; ha recortado ocho puntos a Veracruz y Puebla, además de cuatro al Atlas. ¿Condenado? Todavía, aunque menos.

 

A falta de cinco jornadas ya no sería milagroso que los potros cancunenses se quedaran en Primera. Por delante tienen una visita a Monterrey, recibir a Tigres, ir a Torreón, en casa contra Tijuana y cerrar en Chiapas. Bajo condiciones normales, nueve de esos quince puntos bastarían para quedarse en el máximo circuito, aunque ya se sabe que Veracruz es dueño de su destino al tener menos partidos en su ecuación, y que Puebla y Atlas se enfrentarán en un par de jornadas.

 

¿Que si este Potro de Hierro tiene esperanza? Eso, es lo mínimo garantizado en una historia de tantas ciudades, nombres, dueños, realidades…, romanticismo.

 

“Caballo que alcanza, rebasa”, refrán que apela al sentido común y, por ende, no aplica al club que lo desafía. Esos expertos en subsistencia. Esos expertos en estoicismo. Esos expertos en seguir pese a todo, no son necesariamente expertos en cumplir con los pronósticos: para bien y para mal.

Alberto Lati

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