Nunca olvidaré ese ardiente diálogo, si se le puede llamar así a tan apurada discusión, frente al estadio Ramón Sánchez Pizjuán.

Diálogo con consonantes y sílabas comidas como sólo se hace en Sevilla, en ese acento que suele remitir a alegría y no a la histeria de aquel instante bajo pretexto de futbol.

 

-¡Ey! ¡Que te van a matar! ¡Y no va a ser culpa del que te mate! ¡Salte de aquí, jodep…!

 

Un joven se había atrevido a caminar frente al escenario del club Sevilla, ataviado en el uniforme del acérrimo rival, el Betis. Más que un desafío o invasión a terruño enemigo, parecía una forma de auto-condenarse el portar esos colores verdiblancos en medio de miles de fanáticos albirojos formados para ingresar a ver un partido.

 

Ese día no jugaba el Betis, pero en las gradas podía leerse un mensaje hacia sus seguidores, “Un derby sin béticos es como una granja sin cerdos”, alusión sevillista al clásico disputado unos días antes en el que una instancia legal había prohibido que acudieran fanáticos del conjunto visitante. Asumida la incapacidad para controlar semejantes pasiones enfrentadas, las autoridades decretaron en muchos derbys que en casa del Sevilla sólo gente del Sevilla y tres kilómetros al sur, en la sede del Betis, puros amantes del Betis.

 

Tres kilómetros que bien pueden recorrerse pegados al caudal del río más cantado, el Guadalquivir, llamado por fenicios y romanos (pero jamás por sevillistas) río Betis.

¿Qué ha pasado entre Betis y Sevilla para tamaño odio? Como en el común de las historias de estas rivalidades, en origen formaron parte del mismo equipo, aunque una vez que se separaron la tensión fue automática. Desde 1915 existen testimonios de violencia e invasiones de campo, tenor que quizá atravesó su punto más agresivo unos años atrás.

 

Sucedió que en la temporada 1996-97 el Sevilla descendió luego de que el Betis cayera de manera sospechosa a manos del Sporting de Gijón. Las gradas del Villamarín ese día corearon el gol ajeno y vitorearon al visitante. Tres años después, los sevillistas cobraron venganza: apuraron su caída a segunda división al dejarse golear por el Oviedo, combinación que también hundía al acérrimo rival: “¡Al infierno nos vamos y al Betis nos llevamos!”, clamaba el Pizjuán.

 

Como sucede en toda familia dividida, la delicada relación sólo e restauró bajo la más triste de las circunstancias: al fallecer Antonio Puerta, jugador del Sevilla, la plantilla bética acudió al sepelio y los abrazos eran inconcebibles. El belicoso presidente del Betis, Antonio Ruíz de Lopera, quien prohibiera a sus futbolistas aparecer en actos públicos junto a los de la institución enemiga, sostuvo en llanto al presidente rival, José María del Nido.

 

Este jueves disputaron unos épicos octavos de final de Europa League, con el Sevilla logrando remontar la derrota de la ida. Y es que más allá de la lamentable violencia fuera de la cancha, es un hecho que desde que Betis no logra estabilizarse en primera, el que pierde es el futbol español al quedar despojado de uno de sus mayores derbys, pero sobre todo ellos dos, que se necesitan, sadomasoquistamente, más de lo que se atreven a admitir.

 

“Si vienes al sur, te cantaré una canción de amor en primavera. Quisiera recordar ese pasado, sentir de nuevo y ser amado, sentir de nuevo tu calor”, canción que flota por el Guadalquivir, del Villamarín al Pizjuán, acaso dedicada a estos amantes andaluces renuentes a aceptar cuán vacío queda el uno sin el otro.

Alberto Lati

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