Suiza y los inmigrantes

Alberto Lati

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                Para muchos esta historia comenzó en la eliminatoria del Mundial 2006, cuando el himno suizo fue abucheado contra Turquía no sólo en la ida de la recalificación disputada en Estambul, sino también (aunque a mucho menor proporción) en la vuelta jugada en Berna.

                Entonces, con una alineación suiza que comprendía a elementos de ascendencia turca como Hakan Yakin y con las consecuentes tensiones diplomáticas desatadas, Joseph Blatter amenazó con desaparecer la ceremonia de himnos que precede a los partidos internacionales. Pocos lo tomaron en serio, pero el titular de la FIFA, siendo helvético, proyectaba la molestia imperante en su tierra a raíz de los abucheos.

 

Aquella selección suiza era un tanto variada en su composición, con algún futbolista del sur de Europa, otro africano y alguno más latinoamericano, más los infaltables turcos. Nada ajeno a una población cuya cuarta parte tiene ascendencia extranjera.

 

Sin embargo, si se compara a aquella Suiza que alcanzó los octavos de final en Alemania 2006 con la actual, quedará clara la evolución de la presencia de inmigrantes en su cuadro nacional. ¿A qué proporción? Basta con decir que un mes atrás, ante la promulgación de una ley de restricción a los inmigrantes, se publicó una fotografía de la alineación suiza en la que figuraban sólo tres jugadores y los demás elementos borrados, toda vez que con tal regulación les habría sido imposible ser elegibles para el conjunto nacional.

 

De pronto, la Suiza que se preparaba para el Mundial 2014 y que, a entender de los externos, parecía una romántica alegoría de una sociedad multicultural, integrada, tolerante, despertó a otra realidad.

 

Esto me remite a lo sucedido tras Sudáfrica 2010, cuando Angela Merkel sorprendió al explicar que el modelo de la multiculturalidad había fracasado en su país y que era necesario que quienes emigran a Alemania hagan mucho más para involucrarse en las dinámicas locales; todo eso, justo cuando la selección germana había brillado en ejemplar concordia con rostros tunecinos, turcos, brasileños, polacos, balcánicos.

 

La Alemania de Özil y Khedira lanza un mensaje de integración en la cancha que no siempre corresponde a lo que pasa a escala social en cada localidad teutona, así como esta Suiza lucía como armonioso reflejo de un mosaico no tan feliz al margen del futbol (otro caso parecido: cuando la Francia más multicultural fue campeona del mundo en 1998 y de Europa en 2000, decidió disputar un amistoso contra Argelia; el saldo fue la Marsellesa abucheada en pleno París y el partido suspendido por violenta invasión de campo).

 

En este equipo suizo, cabeza de serie para el sorteo de Brasil 2014, militan Philippe Senderos (mitad serbio, mitad español), Johan Djorou (nacido en Costa de Marfil), Ricardo Rodríguez (chileno), Tranquilo Barnetta (italiano), Gökhna Inler (el capitán que antes fue seleccionado turco sub-21), Gelson Fernandes (llegado a los cinco años de Cabo Verde), Valon Behrami (albanokosovar), Blerim Dzemali (macedonio-albanés), Zherdan Shakiri (de las nuevas perlas del Bayern Múnich; llegó de Serbia, es de familia albanesa), Mario Gavranovic y Josip Drmic (ascendencia croata), Haris Seferovic (bosnio), Innocent Emeghara (nigeriano), Granit Xhaka (albanés). No todos se quedarán en el plantel mundialista, pero sí muestran con elocuencia la composición del futbol helvético en el mejor momento de su historia (o, al menos, con la generación más promisoria que haya tenido).

 

La variopinta Suiza jugó este miércoles su primer partido desde la promulgación de la ley anti-inmigrante. Fue contra Croacia y sus dos goles (los de Suiza, no los de Croacia) los hizo un croata.

 

Si ese país había sido el de los tres idiomas y más dialectos, al menos en la cancha es el de las mil procedencias, lenguas, religiones, etnias, culturas. Todos en un emotivo abrazo, soñando con algo histórico en Brasil 2014. Todos de la mano cantando el himno suizo. Todos juntos festejando.

 

Lástima que la vida más allá del futbol no sea tan simple. Y es que los goles acercan, pero no remedian.

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