La medida de todo en Sunderland, o de casi todo, suele plantearse con base en la ciudad vecina, gemela, casi siamesa. Ubicada a escasos veinte kilómetros, Newcastle es, desde hace mucho tiempo y más allá del futbol, a lo que hay que oponerse (así como Newcastle ha vivido en la contraria de Sunderland).

                Un rápido paseo entre estas dos localidades del norte de Inglaterra, genera más extrañezas que certidumbres al no iniciado o entendido. Es salir del bello centro de Newcastle, atravesar el río Tyne, transitar brevemente por un paso a desnivel, ahora cruzar el caudal del Wear, y en algo más de veinte minutos completar el recorrido de casa a casa. ¿Extrañeza? Sí, porque los habitantes de una u otra se distinguen con inmediatez al apenas escuchar el acento amarrado a cada palabra (el geordie de Newcastle y el mackem de Sunderland). Sí, porque las localidades son tan próximas y a la vez tan diferentes. Sí, porque la historia se ha ocupado de colocarlas casi siempre en bandos diferentes. Sí, porque el derby entre sus respectivos equipos ha llegado a ser de lo más férreo en las islas británicas.

 

Hacia el siglo diecisiete Newcastle gozó de leyes de preferencia para el comercio de carbón. Por ello, en cuanto hubo alguna rebelión que apoyar, Sunderland lo hizo, con lo que hubo un ejército antimonárquico tras el Wear enfrentado a uno monárquico junto al Tyne. Años después, fue la disputa por la sucesión lo que los separó: Sunderland luchaba por los Estuardo, Newcastle por la dinastía Hannover. Ya en plena Revolución Industrial, Sunderland dispuso de mejores condiciones para su desarrollo económico, lo que enardeció a Newcastle.

 

Sirva el preámbulo anterior para referirnos a un humilde equipo que acarició la gloria este domingo, y no contra el Newcastle (o no al menos en la cancha). El Sunderland tiene una de las más fieles aficiones de la Liga Premier, con masas desplazándose allá donde juegue y uno de los mayores índices de asistencia en casa. Sin embargo, vive apesadumbrado en el precipicio de descender o de última hora permanecer, de no adquirir jugadores que impliquen traspaso mayor a los ocho millones de dólares, de desprenderse de sus figuras en cuanto es posible sacarles alguna ganancia, de acomodarse a uno de los presupuestos más bajos del torneo, de una profunda inestabilidad en las finanzas y gestión de su club (casi todo contrastado con el Newcastle, que sin ser uno de los grandes, posee posibilidades y alcances de otra dimensión).

 

Por ello la final de la Copa de la Liga (Capital One Cup por su patrocinador), se jugó en Wembley y contra un equipo de Manchester, mas también en el norte de Inglaterra, y en el Tyne, y en el Wear. Porque los Black Cats veían en la posibilidad de conquistar ese título, una manera de imponerse al Newcastle en eso de levantar un título más reciente. Llegar al cotejo definitivo ya era una proeza, al ser la primera final para el Sunderland en más de veinte años; más todavía porque en el camino eliminó nada menos que al Manchester United.

 

Al medio tiempo, el débil Sunderland se imponía 1-0 al Manchester City, esos petromillonarios citizens que en el traspaso de un futbolista superan el presupuesto anual del Sunderland.

 

Los cantos de la afición mackem eran dirigidos al Newcastle, a tan compleja historia de dinastías y carbones, a lo que representaría ese cercano título, a su gloria aun bajo condiciones menos favorables.

 

Pero un par de minutos bastaron para cambiar el destino. El City volteó el marcador y se quedó con esa migaja, el trofeo menos importante de cuantos se pelean año con año (aunque demasiado importante para los humildes como el Sunderland).

 

Al final, puedo imaginar a la afición del Sunderland regresando en tren desde Londres y argumentando en ese hablar inglés que más bien suena a lengua escandinava: perdimos, pero hemos sido subcampeones hace menos tiempo que el Newcastle. Y es que en esas ciudades siamesas, medirse con el vecino es útil rutina, acaso una brújula; más, si se trata de futbol.

Alberto Lati

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