Cada equipo de futbol tiene en su imaginario colectivo, casi como carácter fundacional       –aunque sea un factor de origen más reciente–, alguna ideología: acaso con Real Madrid es la señorial suficiencia, con el Bayern Múnich la implacable minuciosidad, con el Barcelona la estética espejo de Gaudís y Mirós… Y con Manchester United hay que remitirse a una particular mística.

                Tener un estadio apodado “Teatro de los sueños”, en el que está colgado de la pared un reloj congelado en la fecha y hora de la peor pesadilla que todo grupo pueda sufrir (la muerte de varios de sus elementos, en el desastre aéreo de 1958), es parte de esta narrativa de fe. Fe, porque ese mermado y traumatizado equipo se coronó meses después del accidente en la copa inglesa, portando como escudo no el logo del United, sino la imagen de un ave fénix.

 

Historia, no obstante, en la que a decir de un buen editorial que me encontré en la prensa británica, nunca se había visto a un Manchester United que no pareciera Manchester United. Jamás a la proporción mostrada en el puerto del Pireo el pasado martes, cuando los diablos rojos sucumbieron a manos del Olympiakos griego.

 

La idea es elocuente: se puede ganar o perder, se puede jugar mejor o peor, se puede mantener cierta cuota de éxito o no, se puede ser ofensivo o defensivo, se puede tener un presupuesto descomunal o mínimo… Pero no se puede jugar sin alma marca United, tal como aconteció y viene aconteciendo en ese tobogán (Helter skelter, como los de las ferias inglesas y en el cual está inspirado una canción de los Beatles), en que está convertido el club desde que David Moyes emprendió la difícil transición post Alex Ferguson.

 

Como colofón a la tragedia griega representada en un Pireo que volvió a lucir tan fortificado como en épocas de Pericles, Moyes se decía sorprendido y decepcionado por el nivel de sus pupilos, aunque asumiendo (en palabra) total responsabilidad.

 

Para contribuir a hacer certero el encabezado del sensacionalista The Sun,OLYMPIACHAOS!” u ¡Olympiacaos!, a la debacle siguieron declaraciones de Robin van Persie, en las que criticaba el desempeño de sus compañeros, atribuyéndoles su falta de brillo. Fue Javier Hernández quien respondió por red social al holandés con un comentario más bien directo: “sin tus compañeros no puedes ser nadie en el futbol, siempre se agradecido”.

 

Ese es el ambiente en la entidad que apenas nueve meses atrás, suficientes para un parto de crisis, levantaba el trofeo de liga y se entregaba a innumerables homenajes al patriarca Fergie. Esa, la realidad futbolística en un plantel que a entender de muchos (me incluyo) no es en absoluto inferior al del ejercicio pasado, cuando arrasó en la Liga Premier. Ése, el naufragio, como el de Odiseo en aguas del mar Egeo, de un barco en el que lo único garantizado era liderazgo ejercido por las buenas, por las malas  o por las peores por Sir Alex…, y mística, la obligada mística.

 

No es descartable que el United remonte en la vuelta y logre avanzar a cuartos, aunque eso en nada cambiará el impacto de tan desangelada actuación. La noche del Pireo ha entrado ya a la psique (del griego ψυχή, traducible como “alma”, “espíritu”, “aliento”, “fuerza motora”) del Manchester United.

 

Revertir tan amarga sensación no será fácil y para ello no bastará una cadena de buenos resultados.

 

Y es que en el futbol se puede perder todo partido, pero no la dignidad. Y es que la dignidad a menudo obedece a esa ideología que define a todo un imaginario colectivo, casi como carácter fundacional.

Alberto Lati

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