Podemos imaginar al aficionado cementero envuelto en numerosos retos para probar que aún cree: si sacrificios de lo que más costó tener, si aperturas de mares para huir, si resurrecciones, si seguir a un nuevo profeta…, sólo que esta fe ha tornado por demás desafiante.

                  Ser líder general con su mejor inicio de temporada desde que se instauraron los torneos cortos 18 años atrás, no basta. Tampoco acumular dieciséis de dieciocho puntos posibles, contar por mucho con el mejor ataque (más de dos goles por partido) o tener también la más sólida defensa (apenas dos tantos recibidos en más de quinientos minutos disputados). No basta por los antecedentes. No basta porque para que un cruzazulino vuelva a creer, hace falta estar levantando el trofeo de liga: ni un segundo antes osarán sentirse campeones o reyes de algo, que ya saben cómo se las gasta el cruel destino.

 

He escrito antes en este espacio que los desenlaces cementeros parecen ideados por un trágico griego y que en su afición hay menos esperanza que en los existencialistas. No porque sea culpa de tan estoicos seguidores, todo lo contrario, sino de las adversas circunstancias que a menudo han frenado a la otrora arrolladora máquina.

 

El Barcelona de España fue por mucho tiempo el club más fatalista del planeta. “Somos los campeones de la desgracia” llegó a clamar un periódico traer caer los blaugranas en su primera final de Copa de Clubes Campeones, víctimas en buena medida de los empecinados y malditos postes (se dice que ese día dejaron de ser cuadrados y se redondearon, en misericordia por tanto repele a los remates catalanes).

 

Retomo al Barça porque en la Ciudad Condal se decía a cada inicio de temporada: Aquest any sí: “Este año sí”, eran las palabras para autopersuadirse de que la maldición había terminado. Se lo decían a los demás para escucharlo ellos mismos y tal vez en esa reiteración acabar por admitirlo.

 

Es curioso que por mucho que ha cambiado la historia barcelonista en la última década, las sensaciones siguen siendo igual de apegadas a la ley de Murphy: algo irá mal, en algún punto esta ilusión naufragará, mesura en la fe que nada se ha ganado.

 

Guardando proporciones y diferencias de circunstancias, lo de Cruz Azul tiene algo semejante, sólo que todavía peor: que desde la noche de Moisés Muñoz, su gente ya no se atreve siquiera a gritar algo equivalente al Aquest any sí catalán.

 

Ha tenido que llegar Luis Fernando Tena, hijo de la Noria y último timonel que hizo campeón al equipo celeste, para que la feligresía azul retome esperanza. ¿Qué tan especial ha sido el pasado reciente del apodado “flaco”? Basta con decir que pese a haber formado parte indispensable del cuerpo técnico de la selección mexicana en horas tan difíciles, se le reservan sólo recuerdos de gratitud y cariño con aquella dorada tarde de Wembley.

 

Apenas se ha disputado una tercera parte del torneo y falta mucho para lo genuinamente importante, que es la liguilla. Pero ahí está el fanático cementero, con su túnica azul y sus evangelios del cemento, contemplando las montañas y preguntándose si acaso esta vez su fe (o los goles, o los postes, o el destino, o el azar) alcanzará para moverlas.

Alberto Lati

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