Luis, el sabio que se fue

Alberto Lati

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                Acaso la peor injusticia que se puede rendir a quien ha fallecido, es adulterar su biografía, quitarle matices, hacer que todo encuadre en el marco de cierta idea, del cómodo maniqueísmo.

                Bajo tal premisa, de Luis Aragonés, director técnico español acaecido este fin de semana, se deben enumerar demasiados datos a la par del fundamental desde el punto de vista profesional: que con él comenzó la más maravillosa y hegemónica selección de las últimas décadas, que bajo su liderazgo se rompió ese largo historial de mediocridad y vano aspiracionismo ibérico, que a su canoso cargo se fundó una verdadera dinastía futbolística –la cual perdura.

                Nadie es tan hijo (y, por ende, víctima o beneficiario) de los resultados en el deporte de conjunto, como el director técnico. Por ello sorprenderá a muchos que el denominado “Sabio de Hortaleza” sólo haya conquistado desde la dirección técnica un torneo de liga. Deambuló por varios banquillos con diferentes cuotas de éxito (hubo, además, cuatro Copas del Rey), aunque su verdadera pasión era rojiblanca: en cuatro etapas entrenó a su amado Atlético de Madrid, casi siempre yéndose bajo gritos de no volver jamás, aunque incluso retornando en algún momento para rescatarlo de la segunda división y recolocarlo donde le corresponde. Tan longevas idas y venidas desde y hacia el Vicente Calderón, que tuvo como pupilos en su novatez primero a Hugo Sánchez y décadas después a Fernando Torres.

 

De ahí en más, y antes de su paso por la selección española con la coronación en la Eurocopa 2008, gestiones de todo tipo: con el Betis una inentendible etapa que apenas duró un partido; con el Barcelona, una temporada coronada con una copa, pero cortada cuando respaldó a sus jugadores en un motín contra la directiva; Espanyol, Sevilla, Valencia, Oviedo, Mallorca, a veces limitándose a salvar del descenso, otras sin lograr una meta mayor para la que se le había contratado.

 

Cuando se le otorgó el timón de la selección española muchos se extrañaron: era ya un veterano, lo mejor de su carrera parecía atrás, lucía cansado (recuerdo algún derby contra el Madrid en 2003, en el que su fastidiado rostro parecía superado por las circunstancias del futbol moderno). Pero llegó a España (a la que empezó a denominar “la roja”) y su mano tuvo efecto casi inmediato.

 

Era muy comentado su gusto (para muchos, adicción) por la baraja. Debo decir, sin que ello signifique hasta qué punto fue un problema en su vida, que alguna vez me lo encontré en un casino cercano a Madrid, brincando de mesa en mesa con el mismo rictus tenso que solía vérsele en la cancha. No obstante, más que por una posible ludopatía, se le criticaron sus arengas tan dadas a lo políticamente incorrecto (qué tal ésta frase: “Digo más veces vete a tomar por culo que buenos días”). Con Romario, con Samuel Eto´o (quien lo llamaba “abuelo” cada que se reconciliaban), sobre todo con José Antonio Reyes, jugador que siempre prometió más de lo que dio y al que, en un afán de convencerlo de su inmenso potencial, gritó algo que le perseguiría a perpetuidad, en alusión a su entonces compañero en el Arsenal, Thierry Henry: “¡Reyes! ¡Ven! Al negro dígale que juegue por su cuenta. Dígale al negro: ¡Soy mejor que usted! ¡Me cago en su puta madre negro de mierda! ¡Soy mejor que usted!”.

 

En otro encuentro que tuve con Luis, al querer entrevistarlo, le escuché algún improperio y la negativa a concederme unos minutos bajo el argumento de “porque tú eres socio”. Por vueltas que le di, no logré comprender socio de qué o de quién (como en una conferencia de prensa nadie entendía por qué a Ballack le decía Wallace). Todavía en abril del año pasado lo volví a ver en un evento en Madrid; aún erguido en su gran estatura, pero más cansado y con mirada algo ausente. Esta vez fue más correcto, aunque con palabras lentas que salían amontonadas de su entrecerrada boca, me explicó que prefería ya no hablar, que ya no se prestaba a polémicas en los medios, que ya había tenido suficiente.

 

¿Cuál fue el preámbulo de esta victoriosa selección de España? Este discurso a sus jugadores: “Forman ustedes un grupo excepcional. Si no llego a la final con este grupo es que soy un mierda, es que he organizado una mierda de equipo”. En esa cita, exigencia, sinceridad, aplomo, admisión de la propia fragilidad, visión, liderazgo, indomable carácter, que bien valen para describir a Luis Aragonés: un grande que vivió en el futbol postmoderno, ése de las redes sociales y la aldea global, aferrado al que se jugaba en su época.

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