A cuanto director técnico ha pasado por la selección mexicana en los últimos meses (y, bien se sabe, han sido muchos), se le ha consultado con insistencia si Carlos Vela estará en la siguiente convocatoria. Lo  que no ha terminado de quedar claro a quienes formulamos la pregunta, es que ninguno de ellos ha tenido la facultad o los elementos para responder, porque la decisión ha sido y sigue siendo del inmaduro, indescifrable, acaso indolente (pero resolutivo en la cancha) delantero de la Real Sociedad.

 

Nadie ha recibido tantas  prerrogativas oportunidades para vestir el uniforme tricolor. Básicamente, y tantas negativas después, él posee la última palabra. Declarar, como ha hecho el pacificador Miguel Herrera, que “hay que ver si está comprometido y con las ganas que demuestra cada fin de semana”, es una inocultable admisión de que Vela tiene la pelota (otra vez; como siempre) de su lado en la cancha.

 

Mientras nuestro representativo cabalgaba triunfal por el año 2012, muy pocos admitían un nuevo llamado al jugador cancunense. Claro, aquello coincidió en el tiempo con un momento de Vela que no era específicamente brillante. Ha sido tras un fatídico 2013 tricolor, en el que tocar la portería rival se convirtió en materia tan difícil como descubrir el genoma humano, cuando buena parte de la afición se resignó a que necesitamos vestido de verde a un tipo que, en otro instante de lucidez, tuvo a bien retwittear bromas sobre la derrota de la selección a manos de Honduras (selección a la que, evidentemente, él no había querido acudir).

 

Quizá el destino, en su afán de restregarnos con más claridad los datos, gusta de colocar balanzas sobre el camino: así, el Tri anduvo bien cuando Vela apenas jugaba y los pesos se invirtieron unos meses más tarde. ¿Qué habría pasado con los dos platillos nivelados? Que no se le habría consentido semejante jueguito.

 

A pocos días de que Herrera dejara sobre el micrófono la coherente frase de “yo no tengo que convencer a los jugadores; ellos me tienen que convencer a mí”, Vela ha salido con otra declaración que, leyéndola en el portal de Life & Style y sin escucharla, nos la podemos imaginar en su impostado acento ibérico: “En momentos anteriores he dicho que no, pero nunca he cerrado la puerta definitivamente, ni dicho que no vaya a regresar. Porque no es así. Por ahora no ha sido el momento, pues al final soy yo quien decide cuándo es oportuno o no”. Ni más ni menos, lo que ya se sabe. No obstante, horas después se dio la siguiente entrega en esta novela de folletín, con el propio Vela twitteando: “y no todo lo que vean en prensa es verdad, yo no soy quien decide quien va y quien no va al tri”.

 

Nuestra selección sería más competitiva con él, ni duda cabe, pero, ¿a qué costo? ¿Cómo recibirán quienes padecieron tan tensas eliminatorias que aparezca este muchacho tan cómodo en su borrón y cuenta nueva? ¿Cómo repercutirá al grupo? Porque un grupo sólido, hoy por hoy, es la medular esperanza a la que nos aferramos tras un proyecto futbolístico apenas en construcción y poco conjuntado.

 

Mala suerte que precisamente tu mejor elemento resulte el más volátil y caprichudo. Peor, todavía, asumir que con él sobre el césped tu futbol será más.

 

Al tiempo, seguimos haciendo lo que tanto tiempo atrás prometimos que dejaríamos de hacer: hablar de él, meditar su regreso a la selección, debatir pros y contras.

 

Mientras que su controvertido lunes era complementado con otro golazo en España, volvíamos a la inevitable e inmutable realidad: él decide; la selección estoicamente espera.

Alberto Lati

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