Joseph Blatter ha insinuado que se quedará otros cuatro años en la presidencia de la FIFA al explicar que “todavía no estoy lo suficientemente cansado como para tomar la decisión de retirarme”.

                  Así, todo apunta a que deje el cargo hasta el 2019 con 82 años de edad y una gestión de 21 años. Para los estándares manejados no sólo en la política del futbol sino, en general, en toda la gestión deportiva, casi podemos decir que es lo normal. Dos presidentes de la FIFA han sido aun más duraderos que Blatter (Jules Rimet, 33 años; Joao Havelange, 24). Igual si giramos hacia el movimiento olímpico, tenemos a Pierre de Coubertin por 29 años, Avery Brundage por 20 y Juan Antonio Samaranch por 21. ¿NFL? Pete Rozelle fue el comisionado durante 29 años, Joseph Carr por 18 y Paul Tagliabue por 17. ¿Beisbol de Grandes Ligas? Kenesaw Mountain Landis 24 años, Bud Selig desde 1992 y contando. ¿NBA? David Stern cumplirá pronto las tres décadas. ¿Atletismo? Apenas cinco presidentes en un siglo, y el actual, Lamine Diack, reelecto para alcanzar al menos los 16.

 

Como queda claro, Blatter sólo se diferencia de la mayoría de los casos anteriores, en la mayor penetración e influencia que tiene el futbol, pero al margen de eso, la norma es que quien llega a dichos puestos se mantenga más allá de la década y media.

 

Puestos tan políticos que han de intervenir en la afiliación de países en ocasiones todavía no reconocidos por la comunidad internacional, que han de castigar a quien denote injerencia de parte de su gobierno, que han de conciliar (o imponer) con sindicatos, multinacionales, partidos políticos, reglamentos internacionales, leyes locales.

 

No es exageración establecer que hoy Blatter (como en su momento Joao Havelange, o los olímpicos Juan Antonio Samaranch y Jacques Rogge), tiene más poder que muchos jefes de Estado, reforzado por una especie de Plan Marshall contemporáneo llamado Programa Gol: repartir millones de dólares entre las federaciones de países menos acaudalados, a fin de sacar del rezago y desarrollar sus respectivos futboles. ¿Qué hace Zimbabue, qué hace Myanmar, qué hace Angola, qué hace Haití, qué hace Bangladesh, qué hace Timor Oriental, qué hace Martinica con el dinero entregado por FIFA? Normalmente, lo que quieren, pero a cambio la FIFA (o su titular) se gana simpatía y eventuales votos para los comicios.

 

Blatter se impuso en las elecciones de 1998 cuando parecía que el sueco Lennart Johansson poseía todos los números para suceder a Havelange. Entonces tenía como aliado a Michel Platini (de hecho, los conocí juntos, justo a meses de que el suizo se convirtiera en presidente, y cuando el ex futbolista francés viajaba siempre a su lado), del cual se ha ido alejando. Platini derrotó al propio Johansson en 2007 en las elecciones de UEFA y desde entonces se enfrió su relación Blatter (acaso, precisamente, porque al encabezar la UEFA se convierte en su principal rival).

 

Lo sano, evidentemente, sería una mayor rotación de caras y propuestas, de frescura y transparencia, aunque ni la gestión del futbol ni el deporte en general, parecen dispuestos a ello.

 

Blatter seguirá hasta que quiera. Ni más ni menos. Si los problemas en Brasil, si las acusaciones de corrupción, si la relación con regímenes represivos, si la absurda asignación de Qatar… Nada de eso lo va a bajar de la silla. Sólo él.

 

Por eso, tras sus declaraciones, contemos con su mandato hasta el 2019.

 

Alberto Lati

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