Toda una era del futbol se ha cerrado con el fallecimiento del primer gran futbolista del África negra en la historia.

                  El incontenible Eusebio da Silva Ferreira, campeón goleador del Mundial de Inglaterra 66 y máximo estandarte del Benfica, que fue monarca europeo en 1962, falleció este fin de semana.

 

Nacido en Mozambique cuando este país sudafricano era una colonia portuguesa, brilló en la selección lusitana a proporciones hasta entonces desconocidas para un jugador proveniente del África subsahariana. Sí, antes destacaron con Francia algunas estrellas nacidas en Marruecos (por ejemplo, Larby Ben Barek y Just Fontaine), pero de esa misteriosa parte sur del continente, ninguna señal futbolera brotó antes de que Eusebio emergiera a punta de racimos de goles y, de hecho, fue el primer Balón de Oro de tez negra.

 

Hijo de padre angoleño y madre mozambiqueña, se dice que su aura y talento bastaron para retrasar el proceso de separación de Portugal respecto a sus dos principales colonias africanas (al oeste Angola y al este Mozambique). Obviamente, el tema es demasiado complejo como para simplificarlo y explicarlo con base en Eusebio, pero la dictadura portuguesa sabía cuánto de su titubeante imperio se recargaba en los remates de este delantero. Acaso por eso no se le permitió dejar al Benfica ni la liga portuguesa hasta que ya estaba entrado en veteranía y con las lesiones cobrándole costosa factura (entonces pasó por el balompié estadounidense y por el Monterrey mexicano).

 

Respecto a la versión de que el dictador Antonio de Oliveira Salazar le prohibió aceptar jugosas ofertas de clubes italianos y españoles, en alguna entrevista me llegó a explicar con su tono de voz bajo e infaltable sonrisa, que sí, que lo catalogaron patrimonio de los portugueses y su marcha, por ende, había sido imposibilitada. Cosa curiosa, el año de su salida del Benfica coincidió con el de la independencia tanto de Angola como de Mozambique.

 

Por unos años, Mozambique hubiera disfrutado en su selección de semejante portento, aunque, siendo sinceros y hablando en estrictos términos futboleros, si la descolonización se le hubiera adelantado nos habríamos perdido de sus proezas en el Mundial 66.

 

Lo recuerdo amable, de perfil más bien discreto y con semblante nostálgico. Quizá envuelto en la melancolía de esa ciudad Lourenço Marques que dejó siendo adolescente y la que pocos años después ya era la capital mozambiqueña, Maputo. Quizá siempre atado a ese barrio de Mafalala que, tantas décadas más tarde, sigue lleno de chabolas, sin pavimento, y con canchas de futbol de tierra. Quizá hasta su muerte, él mismo, sin entender la serie de carambolas históricas que lo llevaron a representar a Portugal y no al hemisferio del cual fue la primera genuina figura deportiva.

 

Vino a México en el Mundial de futbol rápido de 1996 acompañando a la delegación portuguesa, y fue un placer entablar con él agradables charlas. Lo volví a entrevistar en varios eventos de la FIFA, y siempre mantuvo ese gesto sereno, esa mirada introspectiva, tan difíciles de relacionar con la agresividad de sus remates a puerta. Agresividad que le valió el apodo de “Pantera Negra” e, incluso, de “Pelé europeo” (otra de sus paradojas, porque venía del extremo sureste de África).

 

En paz descanse este grande y su futbol. En paz descanse el inolvidable Eusebio, quien por primera vez hizo que giraran los ojos del egocéntrico futbol hacia el África subsahariana.

Alberto Lati

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