Lo que pidió (sin lograrlo) Mandela

Alberto Lati

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                  Patriarca más que ex presidente de una nación, lo vio venir desde que obtuvo la libertad un par de décadas atrás: “En prisión he estado preocupado de que la gente me calificara como un súper humano que puede alcanzar lo imposible”. Poco después, insistió en el tema: “Lo que más me inquietaba era adquirir la imagen de alguien que está cien por ciento correcto y nunca puede equivocarse”. Y, ya en la presidencia sudafricana, añadió: “No sería correcto compararme con Mahatma Gandhi. Nadie de nosotros alcanzará su dedicación y humildad”.

                  Toda vez que era ignorado el reiterado ruego de no beatificación, su esposa Graça Machel explicaba en el cumpleaños 85 de Nelson Mandela: “Es un símbolo, pero no un santo”.

 

Como inevitablemente iba a suceder, fracasó en el intento.

 

Ya en los años de 2009 y 2010, cuando tuve privilegio de vivir en Sudáfrica, la santificación del personaje era obvia y todo lo que le rodeaba tomaba tintes de reliquia: su número de preso 46664, sus frases, sus imágenes, sus artículos, su celda, la huella de su mano en muy vendida parafernalia. Con el nombre Mandela había sido rebautizado todo: jornadas, calles, bahías, frases; los niños por entonces jugaban a hacer cara de Mandela (lo que consistía en sonreír) y se le dejaba de llamar por su apellido para denominarlo por el nombre de su clan que es Madiba (máximo honor en la cultura africana) o tata (otra muestra de familiaridad: “abuelo”).

 

En la sesión de apertura del parlamento sudafricano en 2010, el débil y senil Mandela entró a la sala por una puerta lateral y desató un conmovedor frenesí: cantos, aplausos, ovaciones y el verso en idioma Xhosa “Haona o tshwanang le wena” (¡No hay nadie como tú!): si algo mantenía y nunca perdería, era esa capacidad para unificar a la nación arcoíris. No todo había salido como él lo hubiera soñado: las cuotas de crimen violento, el creciente desempleo, la desconfianza entre negros y blancos, la persecución a inmigrantes de otras partes del continente, las injusticias e ineficacias de servicios por el sistema BBE (Black Economic Empowerment) que da prioridad a los negros en el orden económico, los espeluznantes índices de SIDA… Pero Madiba, hasta el último de sus días, inspiró unidad en el país más diverso. ¿Qué tan diverso? Entendamos que hay once idiomas oficiales y tantos orígenes como para que varíe bastante la fecha de fundación del país según a quien se pregunte: según los afrikaners, en abril de 1652 cuando los primeros colonos holandeses encabezados por Jan van Riebeeck llegaron; según la cultura zulu, las campañas victoriosas del temible rey Shaka dos siglos atrás; según los sesothos, las gestas del monarca Moshoeshoe; según muchísimos blancos, la aparición de minas de diamantes en Kimberly y de oro en Johannesburgo, pues de otra forma jamás hubieran llegado a este extremo sur.

 

Durante los servicios funerarios de esta semana, muchos relacionaron el estadio Soccer City relleno de dignatarios y celebridades con el Mundial 2010. Más bien, durante el certamen era ya inevitable vincular tal escenario con Nelson Rolihlahla. Antes de su remodelación para el torneo, ahí había sido su primer gran discurso en 1990.

 

Boxeador en su juventud como otros grandes personajes políticos como Lech Walesa, sus alusiones al deporte fueron numerosas: “El deporte une a la gente de una forma que los políticos no pueden”, “Siempre he pensado que el deporte es un derecho y no un privilegio”, “Muhammad Alí fue una inspiración para mí”, “Los niños deben por fin jugar en un campo sin ser torturados”, “El deporte puede crear esperanza donde hubo desolación. Es más poderoso que la política para tirar barreras raciales”.

 

La última de estas frases nos traslada al Mundial de rugby de 1995, inmortalizado por el libro de John Carlin y la película dirigida por Clint Eastwood. El único no blanco de la selección era Chester Williams, en quien se apoyó Mandela para mostrar cómo en un deporte de blancos (como el rugby), podía haber unión. En su casa en Ciudad del Cabo y bajo una gran foto de su familia abrazada por Mandela, el propio Chester me explicó el rol de Madiba en esa final: “Es que no necesitaba decir nada, bastó con que entrara al vestidor con nuestra camiseta. Nos juntó, nos sentó, y dijo “el país les agradece mucho por habernos traído hasta la final, creemos que seremos campeones”. Lo sentíamos detrás de nosotros”.

 

En su adiós un reproche: que su pedido fue ignorado. Que el mundo acudió para despedir a un súper humano. Que, sin importar el destino de Sudáfrica, su santificación ya jamás cambiará.

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