Una de las frases que mejor definen la naturaleza de dos deportes que siglo y medio atrás eran el mismo, es ésta: “El futbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby un juego de villanos jugado por caballeros”.

                  Entre los numerosos factores que hacen del rugby una disciplina sustancialmente más noble pese a su agresividad (como la lealtad al atacar al rival, el acatar las normas, el respeto a la autoridad), debe mencionarse un hábito que suele implementarse cuando finaliza cada partido. Al salir los jugadores del terreno de juego acaso con un diente menos, o con la clavícula dislocada, o con algún hueso fracturado, o con el ojo morado, o perjudicados por determinada decisión arbitral, o tristísimos por haber echado a perder la temporada, deben cambiar semblante y convivir con el enemigo deportivo. Se trata del denominado “tercer tiempo”.

 

Ahí, los dos equipos se mezclan y beben cerveza, además de entonar canciones que ya son toda una tradición para tal momento post-partido. Ese encuentro tiene una función indispensable: recordarles que se trata sólo de un juego, hacer a un lado fobias o rencores propios de una actividad que implica férreo contacto físico, inculcarles respeto y dignidad con diálogo de por medio.

 

Años atrás el futbol italiano intentó instaurar similar medida con relativo éxito, y es que acaso el deporte del balón esférico está a años luz de eso; entre engaños arbitrales, protestas, golpes a escondidas, palabras de todo género para desquiciar al rival, y ser nefastos tanto en la victoria como en la derrota, es difícil abrir espacio a una charla pacífica posterior al silbatazo.

 

Esta semana la FIFA ha lanzado un nuevo afán de limar asperezas entre los contrincantes una vez que concluye el cotejo. Se trata de una iniciativa en sociedad con el Centro del premio Nobel de la paz y consiste en propiciar que el saludo entre capitanes y árbitros sea obligatorio tras el juego en pleno círculo central. Empezará a ser ejecutada en el Mundial de clubes que está por arrancar y llegará a la Copa del Mundo del próximo año.

 

Nadie en su sano juicio podrá decir que hay algo malo en esta agradable propuesta, aunque eso de ninguna manera significa que de ella vaya a brotar algún cambio definitivo en el comportamiento de todos quienes rodean al balón.

 

Se busca inspirar así a los aficionados a aceptar cuando se pierde, a respetar cuando se gana, a cerrar la jornada en buenos términos y sin voluntad vengativa, a darse la mano con todo lo que eso conlleva.

 

Sin embargo, recordemos que el saludo entre planteles tras los himnos tiene ya varios años y tampoco ha modificado nada. Es un acto casi burocrático en el que, salvo por contadas excepciones entre ex compañeros, el futbolista ni siquiera voltea a ver a quien estrecha la mano.

 

Todavía más agresivo que el rugby es el hockey sobre hielo; ahí, las autoridades de la NHL han conseguido que quienes tan criminalmente se atacan y aplastan contra la barda, accedan a saludarse tras los choques de post-temporada. Es un ejemplo para el futbol, mismo que tiende a quedarse corto y ser poco eficaz.

 

Cuando un problema es tan integral, algo inclusive intrínseco a la educación, por mucho que se lean cartas sobre fair-play o abrace al rival, los avances serán mínimos y temporales. Medida bonita con la que no pasará nada.

Alberto Lati

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