Nunca es tarde para ejecutar decisiones necesarias, pero esta tenía que haber sucedido muchos años antes, muchísimos.

                  Según dan por hecho en España, la agrupación de aficionados madridistas de los Ultras Sur desaparecerá a la brevedad o, cuando menos, perderá la porción del estadio Santiago Bernabéu que por más de una década le estuvo reservada.

 

Desde ahí se entonaban los cánticos y gritos de aliento que prendían a un estadio que no es particularmente participativo (a diferencia, por ejemplo, de lo que pasa en la casa del Atlético de Madrid, donde, ultras al margen, el común del graderío se hace escuchar).

 

Sin embargo, desde ahí también brotaba la ideología política extrema de este bloque. Simbología nazi, banderas de la época franquista, mensajes peyorativos hacia futbolistas de alguna procedencia (por ejemplo, sudaca al sudamericano, etarra a los elementos de equipos vascos), odio en sus más variadas vertientes. Y violencia.

 

En el libro Diario de un skin, el periodista oculto tras el seudónimo Antonio Salas se metió en las entrañas de la extrema derecha española y, por ende, de estos ultras. ¿Cómo definía su causa? “Odio contra los negros, los judíos o los moros. Odio contra las prostitutas, los homosexuales y los travestidos. Odio contra los burgueses, los capitalistas y los progresistas. Odio contra casi todo lo que no sean ellos mismos”.

 

Hacia el 2003, Joan Laporta asumió la presidencia del Barcelona y una de sus primeras medidas fue dar la espalda a los Boixos Nois, equivalente blaugrana a los Ultras Sur. Similar discurso neofascista, aunque impregnado de voluntad independentista catalana (por paradójico que a muchos pueda sonar). Por entonces se esperaba que Florentino Pérez siguiera esos pasos, algo que aconteció a mínimas proporciones; la tibia medida el directivo fue limitarles el ingreso a un solo túnel del escenario. Los Ultras Sur seguían disfrutando de trato preferencial, de boletos regalados, de facilidades para viajar a los cotejos de visita del equipo, incluso y hasta muy recientemente, de entregar reconocimientos a pilares del madridismo: unos años atrás, a Fernando Redondo cuando volvió al Bernabéu como rival de los merengues; apenas hace unos meses, a José Mourinho, cuando dirigió por última vez al Madrid.

 

Más allá de sus consignas e ideología, la agresividad se hizo patente en numerosas ocasiones, poniendo en ridículo (o en evidencia) al equipo. No se olvida que antes del encuentro de Liga de Campeones contra el Borussia Dortmund de 1998, derribaron una portería del Bernabéu. Mucho menos que a su llegada a Alemania para un partido europeo, fueron detenidos por la policía germana al hacer algo que les es permitido en España (o en Italia, o en Francia, o en Grecia, o casi en todos los sitios donde vayan), mas no en territorio teutón: ondear suásticas, hacer saludos nazis, efectuar cantos con alusiones a Hitler. De inmediato se les detuvo y deportó.

 

Su impunidad era definida por las siguientes palabras del periodista Santiago Segurola, en un artículo de 2003: “No encontraban obstáculos físicos para moverse en el fondo sur. En realidad, sentían que el estadio era suyo. Disponían de un cuarto de banderas y levantaban puestos de venta de parafernalia ultra dentro del Bernabéu. Eran un peligro, por supuesto, pero los dirigentes del Madrid apreciaban sus servicios como fuerza de choque, su eficacia como guardia pretoriana, el carácter disuasorio de sus actuaciones. Eran muchos y eran violentos. Se consideraban un poder fáctico y así funcionaban, con notoriedad y escasa vigilancia. Nada les detenía”.

 

Un mes atrás se dio a conocer una pugna al interior de este colectivo, con consecuentes riñas. Algo así como los veteranos contra los jóvenes. Como quiera que sea, en los últimos partidos buena parte de sus localidades estuvieron vacías y el final de los temibles Ultras Sur es inminente.

 

Tuvo que ser demasiados tiempo antes. Pero nunca es tarde para una buena noticia.

 

Lo suyo, no es futbol. Nunca lo fue. Acaso, manipulación y utilización de este deporte al servicio de ideologías extremas y discursos de odio.

Alberto Lati

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