Carlo y Mou. Planeta de obsesiones

Alberto Lati

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Uno se vio condenado por un sábado fatídico en el que nada le salió, en el que sus experimentos fracasaron en pleno clásico, en el que ni siquiera parecía tener certeza respecto a dónde se encontraba; el otro, premiado en un domingo de accidentes afortunados, en el que incluso sus manías hallaron astros ordenados para funcionar, en el que demostró -y se esforzó para demostrar- que está exactamente en donde quiere.

 

Ya en otra ocasión se habían perseguido en esto del carrusel de los directores técnicos, cuando José Mourinho dejó el timón del Chelsea y 15 meses después Carlo Ancelotti asumió tal cargo. Si aquella vez el sobrio italiano debió cargar con la presión de una grada que extrañaba al histriónico portugués, ahora, dirigiendo su primer clásico español, Carleto consiguió con sus incongruencias algo impensable semanas atrás: que buena parte de los aficionados merengues echen en falta a su beligerante antecesor.

 

Curioso mundo este de los estrategas. Curioso lo que van dictando los momentos. Curioso -e, inimaginable- lo que motiva cada una de las decisiones. Curiosas sus obsesiones y afanes de marcar territorio con sus inéditas determinaciones.

 

Sólo llegar al Chelsea, Mourinho decidió prescindir en su once inicial de acaso los dos mayores pilares del equipo durante la campaña pasada: David Luiz y Juan Mata, para muchos el mejor central y el más brillante volante ofensivo de la Liga Premier.

 

Ancelotti lo relevó en el Madrid y, después de múltiples discursos con voluntad de pacificar y distanciarse del beligerante José, ha hecho cosas muy parecidas o, lo que es más grave, ha fracasado en el intento. Lo de Iker Casillas en la banca es una herencia que pocos pensaban sería legada de una gestión a la otra, aunque el sábado hubo más: si Mou colocaba a un defensa de mediocampista cuando enfrentaba al Barcelona (al aguerrido Pepe), Carlo replicó con el zaguero Sergio Ramos en la medular. Lo más grave, sin embargo, es que Ancelotti se prestó a una alineación que parece impuesta por la directiva: meter con calzador al carísimo Gareth Bale en la formación, nada menos que de delantero.

 

Si el Madrid pensaba que así empezaría a legitimar los millones despilfarrados por el galés, se equivocó en rotundo. Más bien, contribuyó a la causa de quienes califican como absurda tan costosa operación (que son la mayoría).

 

Con rostro de estar siendo arrasado por sus pensamientos y confundido por las circunstancias, cual contemporáneo Hamlet que se debate entre múltiples opciones, Ancelotti salió de la visita al Barcelona muy lastimado en su credibilidad.

 

Al tiempo, el explosivo Mourinho se reencontró con el entrenador al que ninguneó en alguna conferencia de prensa. De Manuel Pellegrini, su predecesor en el banquillo del Real Madrid, llegó a decir: “Si el Madrid me echa, no iré al Málaga, sino a un grande de Italia o Inglaterra”. El caprichoso destino quiso reubicarlos en la misma liga y con respetivos planteles que aspiran al título.

 

El Chelsea-Manchester City ha sido de lo mejor que hemos tenido en lo que va de la temporada europea. Se resolvió a favor de los locales por un bochornoso error de los citizens en los segundos finales, pero fácilmente pudo resultar favorable a los visitantes. Fue en ese momento en el que emergió el Mourinho que nunca falla a los fotógrafos. Corrió a pocos centímetros de Pellegrini, festejó explosivamente (algo que, cuando el Madrid visitaría al Manchester United y buscaba promoverse para el cargo en los red devils, dijo que ya no haría en esta etapa de su carrera) y cerró trepando a la grada para abrazarse con los aficionados que le salieron al paso.

 

Su mensaje -porque nada que él haga carece de dobles motivaciones y obligación de lecturas entre líneas- fue quizá a Pellegrini, pero también a todo lo que dejó atrás en el Bernabéu, donde insistía que no quería estar: finalmente, el niño malo volvió a donde es feliz… Tan distinto al caso de Ancelotti que el sábado probó no saber siquiera en dónde está, del todo extraviado, más allá de ese mundo de obsesiones y miedos, azares y circunstancias, que es el del entrenador.

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