El puente de Mostar y Brasil 2014

Alberto Lati

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Una de las imágenes más impactantes en las guerras balcánicas de los noventa fue la de ese bello puente, el denominado Stari Most, desplomado sobre el río Neretva.

 

Puente en Bosnia-Herzegovina que, a su vez, era algo más que una metáfora del futbol de la región: los de la ribera oeste, católicos, de etnia croata y aficionados al HSK Zrinjski (nombre de la dinastía croata que siglos antes se enfrentó a los otomanos, o sea, a los musulmanes); los de la orilla este, musulmanes, bosnios y apasionados por el club Velez.

 

Tal vez bajo dicho preámbulo, a nadie extrañe que en Bosnia llegaron a disputarse tres torneos de liga simultáneos: uno para bosnio-musulmanes, otro para bosnio-croatas y el tercero de bosnio-serbios. Más aún, que la selección de la Bosnia recién independizada, obviamente, no podía disponer de los mejores futbolistas surgidos en ese desangrado pedazo de tierra. Así, dos de las estrellas bosnias de los noventa nunca jugaron con este cuadro nacional. Savo Milosevic, al ser de procedencia cristiana ortodoxa, dio sus goles a Serbia; Mario Stanic, de tradición católica, brilló con Croacia. Etnia, idioma y religión definían más que lugar de nacimiento.

 

Paradojas del destino, esto cambió de la mano de un amigo de uno de los mayores enemigos que ha padecido la población bosnia. Miroslav Blazevic, nacido en Bosnia en una familia croata-católica, llevó a Croacia a semifinales del Mundial 98 y se convirtió en persona cercana al presidente Franjo Tudjman, responsable de atrocidades contra los bosnios.

 

El asunto es que Blazevic convenció a elementos de etnia serbia y croata de jugar para su natal Bosnia y cambió la cara al futbol balcánico. No obstante, el premio de ir al Mundial 2010 se le escabulló en plena recalificación.

 

Cuatro años después, han consumado su primer pase a un Mundial de la mano del director técnico Safet Susic, mundialista yugoslavo en Italia 90, en lo que fue el penúltimo estertor futbolístico de este país antes del desmembramiento (el último fue calificar a la Eurocopa 92, mas no poder acudir porque la guerra se adelantó a todo plan).

 

Susic dispone de estrellas del nivel del delantero del Manchester City, Edin Dzeco, o el mediocampista de la Roma, Miralem Pianic. Pero, sobre todo, de una fuerte campaña a fin de disminuir el ingrediente étnico del futbol. De esta forma, representan a Bosnia elementos como los serbio-bosnios Zvjezdan Misimovic, Ognjen Vranjes y Miroslav Stevanovic, así como el bosnio-croata Boris Pandza.

 

Cabeza en este inclusivo proyecto es un ex jugador que resume en su composición buena parte de lo que es Bosnia Herzegovina, al margen de rencores, divisiones, nacionalismos y heridas del pasado: Sergei Barbarez, mitad serbio, un cuarto bosnio, un cuarto croata, ha sido tan eficaz como antaño con sus remates, ahora con sus negociaciones y consensos.

 

Jozip Broz Tito, en su afán de balancearlo todo en su Yugoslavia, solicitaba al seleccionador nacional un plantel conformado por unos ocho serbios, más de cinco croatas, cuatro bosnios, dos eslovenos, dos montenegrinos y algún macedonio. A 33 años de su muerte, la ex Yugoslavia tiene otro debutante más en Mundiales. Primero fue Croacia a Francia 98; después emergió Eslovenia en Corea-Japón 2002; más tarde, las dos repúblicas que habían ido en 1998 manteniendo el nombre de Yugoslavia, lo hicieron en Alemania 2006 como Serbia-Montenegro. Entonces, ya sólo falta Macedonia o, eventualmente y de ser admitida en la FIFA, la selección de Kosovo.

 

El Puente de Mostar, que separa más que a dos pasiones futboleras a dos pueblos enfrentados, bien puede para Brasil 2014 recordar su sentido: que un puente es para unir, que un puente es para acercar.

 

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