El auge del deporte mexicano

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Sí. Usted leyó bien el encabezado de este texto. No. No existe afán alguno de ser irónico.

 

En un tema adecuado para antropólogos, historiadores, sociólogos, académicos en general, la visión nacional respecto a todo tipo de logros, empezando por los deportivos, suele ser catastrofista aunque la realidad contraste claramente.

 

Tiempo atrás hubiéramos podido pensar que se trataba de garbanzos de a libra, meras excepciones o esfuerzos aislados, postura que a mí hoy no me parece certera: Paola Longoria, Daniel Corral, Luis Rivera, Adrián González, el equipo de tiro con arco, el de baloncesto, permiten magnificar este instante.

 

En realidad, la razón que detonó la presente columna, fue un logro más –el enésimo– de Paola Longoria. El hecho de que el raquetbol no sea una disciplina especialmente conocida en nuestro país y su no pertenencia al programa olímpico, poco tiene que ver con el escaso crédito a menudo concedido a esta genuina ganadora. Pregunto: ¿cuántos mexicanos son indiscutiblemente los mejores en lo que hacen a nivel mundial?, ¿cuántos pueden asegurar de forma tan tajante que no tienen quien los supere en su rubro? Llevemos dichos cuestionamientos a toda escala y reflexionemos: probablemente Longoria es el único individuo nacido en este país que hoy no tiene parangón en el planeta. Cien victoria consecutivas, 25 certámenes conquistados al hilo, todos los records de hegemonía demolidos, y la potosina todavía insaciable.

 

Al mismo tiempo que Longoria volvía a ocupar su habitual cima, Daniel Corral rompía otra barrera para el deporte nacional: primera medalla para México en un campeonato mundial de gimnasia. Esa plata en el certamen realizado en Bélgica, lejos de ser casualidad es todo un reflejo de su manera de trabajar: disciplina y determinación ante todo y sin tregua; sólo así el bajacaliforniano ha logrado semejante serenidad y seguridad. Una breve anécdota en el preolímpico disputado en Londres, me permitió comprender su perfil. Al brincar a competir, le pregunté en un diálogo informal si estaba nervioso. Textual, me dijo con ceño sorprendido y voz tranquila: “¿Yo? ¿Por qué?”. Ese día calificó a los Juegos, pero en la entrevista estaba molesto: “no me dedico a esto para cometer un error como el de hoy… Tengo que reflexionar mucho. Estuve muy mal y me merecí la mala puntuación por distraerme”. Un día después, logró el oro y entonces volvió al perfeccionista discurso: “más que celebrar, pensar en lo que hice mal ayer para que no se repita”.

 

Y luego podemos hablar de Luis Rivera, quien unas semanas atrás dio a México su primera medalla en pruebas de campo en Mundiales de atletismo. Y del equipo de tiro con arco que ya está instalado en la élite mundial de este deporte y se trajo dos preseas. Y del de baloncesto que no sólo calificó a su Mundial, sino que lo hizo como campeón. Y de tantos peloteros mexicanos que brillan en Grandes Ligas, encabezados por Adrián Titán González, guía de los Dodgers en estos playoffs. Y de dos pilotos mexicanos que participan en el más importante serial del deporte motor (recomiendo a quienes cuestionan a Checo Pérez, comparar su rendimiento con el del alguna vez campeón Jenson Button, manejando idéntico monoplaza de McLaren: la diferencia no es sustancial).

 

¿Casualidad? No lo creo: el hecho de que queramos tener a más pilares de estas dimensiones, de ninguna forma significa que lo de ellos sea por inercia u ósmosis. ¿Crisis? En algunos deportes y obedeciendo a algunos estrictos ciclos, porque un año atrás cualquier hubiera incluido al futbol en este listado (o lo hubiera abierto con el nombre de Luis Fernando Tena).

 

Así que la visión fatalista es asunto de antropólogos, historiados y relecturas del El laberinto de la soledad. Nuestro deporte sí está hoy en auge. Faltan apoyos, falta metodología, falta capacitación, falta infraestructura, faltan recursos, falta sentido común, faltan muchas cosas… Y, sin embargo, se mueve.

 

 

Más del autor