Durante más de trece largos años, transcurridos entre 1999 y 2013, esta rivalidad se hizo predecible y un tanto aburrida. Trece años y medio en los que el Atlético de Madrid fue incapaz de derrotar al rival al que con más ahínco desea hacerlo, el Real Madrid. Para mayor desolación rojiblanca, los últimos nueve choques entre estos vecinos se saldaron con victoria blanca.

 

Así llegamos al más trascendente derby madrileño que se ha disputado en mucho tiempo: la final de Copa del Rey de la temporada pasada. Los antecedentes eran tan favorables al Real como inverso le era el caos que reinaba en su plantilla (último acto en la grosera ópera merengue de Mourinho), y el Atlético rompió tan fatídica racha cuando debía de hacerlo. Más que un triunfo, exorcismo, liberación en el diván.

 

De hecho, si un equipo de futbol está habituado a hurgar en sus complejos y ser psicoanalizado –y, en el acto, condenado–, ése es el conmovedor Aleti. Ya he referido antes cómo el himno de su centenario (compuesto por Joaquín Sabina), admite tan fatalista destino: “Aquí me pongo a contar/motivos de un sentimiento/que no se puede explicar (…) Para entender lo que pasa/hay que haber llorado dentro/del Calderón, que es mi casa”.

 

¿Qué otro club homenajearía sus cien años, admitiendo que se llora en su estadio y se desconoce la explicación para tal sentimiento? Sólo éste que en alguna campaña para captar socios, aceptaba su frustrada tradición cuando un niño, harto de las derrotas, preguntaba: “Papa, ¿por qué somos del Aleti?”, a lo que el padre no sabía responder. Sólo éste que en otro promocional mostraba a un inmigrante ecuatoriano intentando convencer a su familia por carta de una irrealidad: que todo le iba bien en España, que su casa era espléndida y bien ubicada, que se sentía respetado por los locales, que se había hecho aficionado a un equipo que lo gana todo, palabras acompañadas por su rostro deprimido en las gradas del Calderón y la leyenda “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. Sólo éste que pudo cambiar su historia en la final de la Copa de Campeones de Europa de 1974 contra el Bayern, cuando el gol más inverosímil le arrancó la gloria a escasos segundos del final. Sólo éste que vio surgir de sus filas al mayor talento del futbol español en décadas, Raúl González, pero lo dejo ir al Real Madrid al cerrar en ese preciso momento sus divisiones infantiles.

 

Todo eso es –o venía siendo– el Atlético: a mitad de camino entre la ranchera y el bolero, mucho “viva mi desgracia” y poco qué celebrar. Todo eso, hasta esta última etapa: campeón de la Europa League dos veces, campeón de la pasada Copa del Rey, fichajes que funcionan y se valorizan, nuevos llegados que suplen a cabalidad a quienes se fueron dejando mucho dinero, un director técnico como Diego Simeone que parece traer vara mágica… Y hasta los postes que por fin juegan de su lado, tras años de empecinamiento en echar fuera los disparos propios y meter los rivales.

 

Aunque la generalización no cabe, un río separa a las dos aficiones: al sur del Manzanares, los colchoneros (dicen que por eso les gusta autodenominarse indios: porque acampan junto al río, aunque más bien se atribuye al fichaje en los setenta de muchos sudamericanos de cabello negro desordenado y largo); al norte, los vikingos, que es como en esta rivalidad se llama a los del Real Madrid (que en esa misma época contaba con varios europeos del norte, corpulentos, rubios y barbones).

 

En cualquier otro momento de la década, el partido de este sábado habría parecido mero trámite para sumar tres puntos más a los millonarios de blanco. Hoy, roto el hechizo, arrumbado el diván, consumado el exorcismo, todo puede pasar. Todo, incluido que el Atlético retome su reciente psique y vuelva a comportarse como Pupas, apodo que le puso al borde del llanto su más célebre directivo, Vicente Calderón, tras perder la Copa de Campeones con el Bayern: el que promete pero no consuma, el que siempre se queda cerca mas no llega, el ya-merito, el salado pues. O, como dice Sabina en el himno, “¡Qué manera de subir y bajar de las nubes!”.

 

 

Alberto Lati

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