El anuncio ha corrido veloz por redes sociales egipcias y círculos de oposición: se disputará la “Copa de la Legitimidad” también denominada “Liga anti-golpe de estado”.

 

¿Qué significa eso? Que futbolistas contrarios a la caída del presidente Mohamed Mursi jugarán un certamen como protesta por lo que vive Egipto. Respuesta inmediata a la decisión del gobierno en funciones de no cancelar el partido amistoso que disputó la selección nacional contra Uganda el miércoles. Aunque parezca imposible de creer, el mismo día y en el mismo país donde más de 500 personas fueron asesinadas, en ese mismo sangriento miércoles, hubo futbol certificado por FIFA y Egipto se impuso 3-0 a Uganda como local.

 

Pareciera que en el caos que se vive desde el 2011, este deporte tuviera que tomar parte de cada etapa: antes de la revolución, con Hosni Mubarak aprovechando la distracción por victorias futboleras para subir precios de productos básicos. Contagiados de lo que se consideraba una Primavera Árabe, trasladando el derby Ahly-Zamalek a la campaña contra Mubarak (los del Ahly luchaban por su deposición; los del Zamalek por su permanencia). Después, espejo del revanchismo imperante, con la tragedia en la que fallecieron 74 personas en un cotejo en Port Said (que no fue más que una venganza contra quienes habían tumbado a Mubarak y una manipulación de los ya de por sí politizados aficionados). Una vez decretada pena de muerte para 21 juzgados por lo sucedido en Port Said, con el deceso de 30 personas en disturbios. Lo siguiente, manifestantes con pasamontañas con escudo del Ahly impreso, en las tensiones que mostraban el desencanto hacia el gobierno de Morsi. Y, ahora, la Copa de la Legitimidad o Liga anti-coup. En términos cartesianos, en Egipto es futbol luego política… y política luego futbol… y politizado futbol luego futbolizada política.

 

Bob Bradley, ex técnico de Estados Unidos, ha llevado a la selección egipcia a una eliminatoria perfecta: cinco ganados en igual número de cotejos, aunque se le adora también por haber hablado fuerte respecto a lo sucedido en Port Said: “no fue un caso de ultras rivales fuera de control… Fue una masacre organizada”. Eso le valió la molestia de Mursi y tuvo que ofrecer una conferencia de prensa en enero a fin de aclarar su postura apolítica.

 

Para el amistoso del miércoles contra Uganda, no dispuso de elementos ni del Zamalek ni del Ahly (incluido el máximo referente, Mohammed Aboutrika, autor de cuatro goles en la eliminatoria), por tener compromisos de Champions League africana. Eso ha sido atribuido por grupos opositores a una negativa de las estrellas a jugar para un país en esas condiciones. De hecho, la página de facebook “Anti-Coup Egypt” informó el domingo que Aboutrika, héroe de la noche de Port-Said al resguardar niños, donó diez generadores de energía a los manifestantes de la plaza Rabaa de El Cairo. Según puede leerse: “mandando un mensaje a los militares perpetradores del golpe: siéntanse libres de cortar el suministro de electricidad, ya no necesitamos su energía”.

 

Sea cierto o no, la Copa de la Legitimidad está por arrancar; el movimiento “atletas contra el golpe” anunció que este fin de semana será el primer partido e incluso invitó a participar a ciudadanos turcos que han apoyado al depuesto Mursi.

 

Lo de la Copa de la Legitimidad me recuerda a los nombres de la Copa española, variando según lo que pasara: Copa de la Coronación de Alfonso XIII, Copa de la República, Copa de la España Libre (entre puros valencianos y catalanes), Copa del Generalísimo, Copa del Rey… E incluso los Olímpicos del Antifascismo que se celebrarían en Barcelona en 1936, en contraposición a los Olímpicos que la Berlín nazi albergaría dos semanas más tarde (no obstante, fueron cancelados ya con atletas en la Ciudad Condal, al suscitarse en pleno día de la inauguración el golpe de estado).

 

¿Qué puede pasar en tan explosivo contexto? Difícil ser optimistas. Ahí va Egipto: de la revolución hecha derby al torneo de liga contra el golpe de estado.

 

 

 

 

Alberto Lati

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