La premier más ibérica

Alberto Lati

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Revisar una alineación española durante la pasada Copa Confederaciones, dejaba algo claro: titulares los que militan en España, suplentes quienes juegan en el extranjero.

 

Verdaderos figurones indispensables e idolatrados en sus respectivos clubes, debían esperar pacientemente su oportunidad en la banca: Javi Martínez (Bayern Múnich), Juan Mata (Chelsea), Santi Cazorla (Arsenal) y David Silva (Manchester City). Y eso sin mencionar que otros futbolistas españoles que brillan y acaparan reflectores en el exterior, ni siquiera fueron convocados: David De Gea (Manchester United), Mikel Arteta (Arsenal), Michu (Swansea City) y Joselu (ex Hoffenheim, ahora Eintracht Fráncfort), son algunos ejemplos.

 

Parece paradójico que mientras España se hunde en la peor de sus crisis, genere jugadores a granel y de elevada calidad. Un poco por el conflicto socioeconómico (necesidad de hacer caja desprendiéndose de las estrellas) y otro poco por la sobreproducción, pero los clubes ibéricos se han habituado a vender talentos a equipos ingleses, alemanes, italianos, portugueses, griegos, escoceses y de las ligas europeas que se quieran mencionar.

 

Álvaro Negredo, transferido al Manchester City, ha sido el último. Una operación estimada en 28 millones de euros, que incrementa la legión española del cuadro citizen a cuatro elementos (como cuatro tienen Liverpool, Arsenal, siete el Swansea City y tres el Chelsea; igual en Italia, ahora trae tres la Fiorentina, dos el Nápoles y uno en la Juventus)… 28 millones tratándose de un delantero que ni siquiera fue contemplado para disputar la pasada Copa Confederaciones.

 

Sin duda, España ha sustituido a Brasil no sólo en el bello juego que despliega su selección, sino también en la necesidad (casi obsesión) de todo equipo importante por presumir a uno de esos muchachos en sus filas.

 

¿Alguna otra razón, al margen del talento? Sí. La disciplina, el respeto a la profesión, la apasionada entrega. En alguno de sus espléndidos textos, el periodista hispano-escocés John Carlin se refería al extravío de una promesa inglesa llamada Ravel Morrison, contrapuesto a la sensatez de elementos como Casillas, Xavi o Iniesta: “Demasiados de ellos se crían en un entorno de familias rotas, borrachera y hooliganismo que poco les prepara para la fama súbita y que contamina sus posibilidades de explotar su talento al máximo (…) El haber robado a Wayne Rooney de Inglaterra cuando tenía 15 o 16 años podría haber dado resultados espectaculares al Real Madrid o al Barcelona, al Sevilla o al Atlético de Madrid. Y él, seguramente, habría acabado siendo mejor jugador: más inteligente y más profesional”.

 

Esa garantía también va incluida en el nuevo jugador español. Eso, y un clamoroso sentido de la adaptación. Precisamente en la Confederaciones me sorprendí al ver a Javi Martínez atendiendo en perfecto alemán a la prensa de este país. Apenas un año en el Bayern Múnich, pero dejando claro que su integración no ha sido sólo deportiva sino también humana, en lo que tendría que esperarse de parte de quien ha sido el fichaje más caro en la historia de la Bundesliga con un costo de 40 millones de euros.

 

Y mientras esto sucede en Inglaterra, Italia y Alemania, el Real Madrid parece apenas haberse enterado de la tendencia del mercado y por fin rastrea producto nacional; atrás han quedado años en los que iba muy lejos por refuerzos que resultaban de regulares para abajo. El joven genio Isco pudo haberse ido también al Manchester City, más los merengues se adelantaron; lo mismo con el mediocampista Asier Illarramendi, traído por demasiados millones de la Real Sociedad.

 

No obstante, el Madrid puede fichar a un par y está por verse si jugarán. El Barcelona, caso parecido, tiene un núcleo cerrado (del que ha huido Thiago Alcántara con destino al Bayern). Eso hace que quienes desean crecer, prefieran cruzar las fronteras y cambiar de país.

 

Así está el mercado. Antes, España exportaba servicios y de ellos surgían remesas que mantenían al país. Burbuja inmobiliaria después, exporta futbolistas, aunque desafortunadamente no basta más que para mantener a sus equipos que, salvo por los dos grandes, se quedan sin cracks locales.

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