La historia de selecciones nacionales convocando a naturalizados, es casi tan vieja como el futbol mismo.

 

Ya en el Mundial de 1934, el equipo italiano se apuntaló con cinco argentinos subcampeones en la anterior Copa del Mundo, bajo la excusa de que sus antepasados habían emigrado de Italia. A toda crítica, el seleccionador Vittorio Pozzo declaraba, “si pueden morir por el país, pueden jugar para el país”, aludiendo a la ley que autorizaba reclutar militares descendientes de italianos.

 

Para Brasil 50, la selección estadunidense llevaba a tres jugadores naturalizados al vapor –y violando toda legislación local- a fin de poder completar un buen plantel. Con el belga Joe Maca, el escocés Ed McIlvenny y el haitiano Joe Gaetjens, los norteamericanos dieron una de las grandes sorpresas de la historia al derrotar a Inglaterra.

 

Hasta ahí, el futbol se había habituado a dos tipos de naturalización: por ascendencia y por migración no vinculada al futbol (es decir, quien llegó al país y por rebotes de la vida terminó practicando ahí este deporte).

 

Poco tiempo transcurriría para vivir la siguiente etapa. España comenzó a contar con extranjeros que brillaban en su futbol, sin importar que ya hubieran destacado antes en sus selecciones de origen. El argentino Alfredo Di Stéfano, el húngaro Ferenc Puskas, el uruguayo José Emilio Santamaría, el paraguayo Eulogio Martínez. Y es ese, precisamente, el caso de los naturalizados en México, aunque algunas décadas después (cuando España ha dejado de hacerlo no por filosofía, sino por falta de necesidad; recién tuvo en su media al brasileño Marcos Senna y en su lateral al argentino Mariano Pernía).

 

Gabriel Caballero, Sinha, Guille Franco, Matías Vuoso, Leandro Augusto, se convirtieron en elegibles y recibieron convocatorias, incluso yendo los primeros tres a mundiales. La polémica siempre fue grande; el cuestionamiento respecto a si superarían en algo lo aportado por los nacidos en el país, nunca cesó; sus momentos brillantes –donde los hubo- apenas aplacaban las críticas, pero eran arrasados por severos ataques una vez que no funcionaban en la cancha.

 

Me tocó estar junto a Sinha el día que anotó a Irán en el Mundial 2006. Un periodista brasileño le dijo en portugués: “primer gol brasileño del Mundial”, y el mediocampista con mucha seriedad respondió que no, que era gol mexicano. Algo parecido cerca del protestado Guille Franco ante un reportero argentino: “uno no decide dónde nacer, pero uno decide dónde ser”, explicaba el atacante.

 

No neguemos la relación directa entre el brillante 2012 del futbol mexicano y el ánimo exultante que por entonces se vivía, con el hecho de que entonces nadie hablara o contemplara llamar a naturalizados. Como siempre –y como en todo país- ha sido cuestión de entrar en crisis, de sentir que los elementos propios no bastan, para considerar alternativas.

 

Chaco Giménez es un símbolo de adaptación y respeto al país que lo recibió. Llegó a ser convocado por Maradona, pero nunca disputó minutos oficiales con Argentina. Lucas Lobos también se integró a Tigres y a la ciudad de Monterrey, de forma evidente; tras cinco años, tiene ya pasaporte mexicano. Lo anterior no significa que hayan renunciado a su argentinidad y ya todo su corazón sea tricolor, más los hace seleccionables.

 

¿Los convocaría usted en estos momentos de incertidumbre tricolor? Yo sí. Si para las leyes ya son mexicanos, para el futbol también. ¿Sería ideal? No, no lo es, pues necesitarlos refleja que algo ha ido mal en nuestra generación y desarrollo de talentos.

 

En todo caso, sean vestidos de verde o no, la controversia está garantizada y a la primera mala les será recordado su sitio de nacimiento.

 

 

Alberto Lati

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