Afirmar que los CEO’s de las corporaciones premium del planeta están ridículamente bien pagados es una perogrullada: con sueldos que oscilan entre los 40 y 130 millones de dólares anuales, resulta imposible argumentar lo contrario (ver ranking Highest Paid Executives 2012, de la revista Forbes). Según un estudio del Economic Policy Institute, los CEO’s de Estados Unidos han incrementado su paga en 725% desde 1978 (el salario del trabajador promedio, en cambio, se mantiene relativamente igual pese  a un aumento considerable en la productividad). El desaforado culto a la personalidad ya es percibido como un pasivo, sobre todo en materia de gobernanza y responsabilidad social. La razón: es común ver cómo algunos CEO’s ejercen una influencia aplastante sobre el directorio responsable de determinar sus sueldos. Ejemplo: Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, desempeña la doble función de CEO y Chairman, lo que no sólo le permite otorgarse un sueldo anual de 43 millones de dólares (sin contar los 224 millones de dólares que posee en acciones), sino que también lo faculta para perpetuarse en el cargo hasta que lo considere pertinente. Algunos argumentan que los altos salarios son merecidos, ya que ha sido gracias a esos CEO’s que las empresas se han consolidado con éxito en el mercado. Esta creencia, sin embargo, no está fundamentada en los hechos. Amén de contadas excepciones (Apple y Steve Jobs, por mencionar la más notoria), el poder de una organización radica en el grupo, no en el individuo. En el ensayo Group Think: What does “Saturday Night Live” have in common with German philosophy, Malcolm Gladwell, autor de Outliers, concluye que la innovación se da de manera grupal, y no como producto del liderazgo de un “llanero solitario”.

 

Gladwell señala que  sólo tres grandes pensadores a lo largo de la historia han sido “llaneros solitarios”: Wang Chung, teórico del taoísmo metafísico que ayudó a definir el tenor religioso del primer siglo después de Cristo; Bassui Tokusho, importante místico zen del siglo XIV, e Ibn Khaldun, intelectual que marco la filosofía árabe de los siglos XIV y XV. Todos los demás han sido productos de la convivencia. Freud delineó los fundamentos del psicoanálisis, pero el génesis de esos fundamentos se dio en  1902, cuando Alfred Adler, Wilhem Shekel, Max Kahane y Rudolf Reitlwer se reunían a tomar café en la casa de Sigmund. Pisarro, Degas, Monet y Renoir asistían a las tertulias del Café Guerbois de la Rue des Batignolles. Jean Luc Godard no sería director de cine si no hubiera conocido a Francois Truffaut y Claude Chabrol  cuando escribía en la redacción de la revista Cahiers du cinema, en los 50. Y la lista sigue: del existencialismo alemán a los comediantes de Saturday Night Live, la constante es evidente: para innovar se requiere de un intercambio inteligente y propositivo. Brian Eno, quien estuvo en México la semana pasada para participar como congresista en TagDF, sostiene que el uso del término “genio” (genius) es incorrecto, pues las ideas que en realidad cambian al mundo provienen de los  “scenius” (las inteligencias colectivas de las escenas o comunidades).

 

Una empresa exitosa construye “sociedades de admiración mutua” entre sus ejecutivos más inteligentes, quienes interactúan con el mismo timing creativo que despliega un buen grupo de comediantes. Las mejores ideas y prácticas nacen de esa interacción, y no de un tipo arrogante que se apodera del Consejo Directivo para rehuir la rendición de cuentas y asignarse un “sueldazo”.

 

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