Por si este verano no tuviera suficientes problemas y preocupaciones, una especie de piedra en el zapato es lo que sigue en el camino de la selección mexicana. Certamen que se tiene que ganar y de preferencia goleando, certamen que encierra toda la obligación y poca gratificación, certamen inoportuno que ya arranca este fin de semana.

 

Como todo lo que sucede en la Concacaf, el torneo de los conjuntos nacionales de la región también es atípico. Se disputa cada dos años (y no cada cuatro como la Eurocopa o las ya estabilizadas Copa América y Copa Asiática); se efectúa en julio, mes complicado para los clubes que ceden elementos a las diversas selecciones; y se alberga siempre, salvo por contadísimas excepciones, en diversas ciudades de Estados Unidos… tan diversas, que ninguna recibe más de una fecha y son en total 13: de costa a costa -en el sur con Los Ángeles y Miami, y en el norte con Seattle y Nueva Jersey. Nada de rotación de país anfitrión ni votaciones para dirimir quién organiza cuál edición: infraestructura y aficionados están bajo la bandera de barras y estrellas, y ahí se juega siempre para comodidad de los representativos y negocio de los organizadores (por cierto, siempre pensé que tarde o temprano Canadá se apuntaría como eventual alternativa, pero ni lo ha hecho ni parece que por ahora lo vaya a hacer).

 

A menudo la Copa Oro coincide en el verano con otros eventos: esta vez, con la Confederaciones de Brasil y cotejos eliminatorios entre algunos de los mismos asistentes; un par de años atrás, con la Copa América de Argentina 2011 a la que terminó yendo un tricolor sub-23; hace cuatro, con la Confederaciones de Sudáfrica a la que acudió Estados Unidos y también rodeados de eliminatorias; en el 2007, con la Copa América de Venezuela y todo el caos de la deserción de algunos seleccionados mexicanos que decidieron de último momento no ir a los dos certámenes para reportar con sus clubes en Europa.

 

Si a todo lo anterior añadimos que esta Copa Oro no concede pase para Copa Confederaciones alguna (es decir, ser campeón no implica tal privilegio) entonces estamos ante un evento aún más deslucido, sin que ello exima de responsabilidad a nuestros seleccionados.

 

No obstante, en Copa Oro se han sepultado muchos procesos (como los de Manuel Lapuente en 1991 y otra vez en el 2000) y se han afianzado varios más (como el de Javier Aguirre en el 2009). Es oportunidad para varios seleccionables que no suelen ser seleccionados y más con las vacantes que abre la crisis arrastrada por el equipo estelar.

 

Es una piedra en el zapato, porque no vale más que ganarla; aún ganándola, el común de los aficionados restará méritos y clamará que apenas se realizó lo necesario… Ahora que si se pierde, mejor no les digo…

 

Alberto Lati

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