El escenario más temido se está suscitando en tierras brasileñas: que en vez de hacerse contagioso el carácter festivo de albergar un evento, lo epidémico –o incluso, pandémico- estén siendo las protestas, los choques de multitudes con la policía, las manifestaciones alrededor de todo acto vinculado al torneo.

 

Las autoridades locales saben del riesgo que esto supone y entienden también, aunque imposible que lo admitan, que resulta más bien limitado su margen de maniobra. Todo un precedente y una forma de oponerse a las medidas gubernamentales pueden estarse gestando ahora, el cual podría prolongarse hasta que acaben los Paralímpicos en septiembre del 2016 (con inevitable y álgido paso por Mundial 2014 y Olímpicos 2016). Ha quedado claro que todo aquel que tenga algo que objetar o refutar, hallará su tribuna idónea cuando se dispute un partido. Notoriedad. Resonancia. Encabezados en periódicos de todo el mundo e imágenes en noticiarios de todo el planeta.

 

A las quejas por el alza en precios de transporte público y las molestias por servicios públicos de salud o educación, hay algo que el comité organizador y FIFA no pueden eludir: que esto de invitar a todos los países a jugar futbol y luego a ser olímpicos, es carísimo y prueba casi infalible de ruina financiera (salvo contadísimas excepciones).

 

Cuando Brasil ganó respectivamente la sede para cada uno de estos eventos, las celebraciones fueron masivas y el orgullo se desbordaba por cada rincón de este colosal país. Era momento del seductor Lula, de la economía que crecía pujantemente, de las inversiones internacionales que se acaparaban, de la clase media que crecía, de las favelas que se pacificaban, de los empleos que brotaban, de los sueños democráticos y anti-corrupción que por primera vez creían encontrar fundamento en la realidad. Hoy, con una inflación voraz, con buena parte de los brasileños endeudados y buscando forma de pagar lo que han comprado al estilo estadunidense a larguísimo plazo, con la economía desacelerada, con los casos de corrupción por doquier, con Dilma luchando por llenar el sitio dejado por Lula, con la pacificación de favelas probando ser algo relativo, ya no causa gracia ser anfitrión de todo.

 

Romario, el goleador reconvertido en activísimo diputado, clamaba unas semanas atrás: “La FIFA se va a llevar más de mil 500 millones de dólares y no nos va a pagar ni un dólar… Las clases A y B de Brasil, y los extranjeros, serán felices de por vida. Las clases más necesitados van a sufrir por tener el gustito de ver un Mundial en su país”. Al tiempo, aprovechaba su tribuna para exigir a su gobierno que dejara de decir que sí a todo lo pedido por FIFA. Pero, debo mencionar, si un país ha frenado a FIFA en los últimos años, ese es Brasil. Aquí mismo escribí hace unos meses una columna titulada “Brasil no acepta ultimátums”, pero por subversiva que sea su posición, el sólo aplicar para recibir un evento de este tipo ya supone acceder a elevados e ineludibles gastos.

 

A Lula, quien llegó al poder tras años en permanente manifestación, no le ha quedado más que admitir el derecho de la gente a protestar. David Luiz, defensor de la selección brasileña, me explicaba el martes algo parecido: “apoyo las protestas si se mantienen de forma pacífica… Brasil tiene las condiciones para ser un mucho mejor país y manifestarse es una manera de llegar a las mejoras”.

 

Me temo que esto ya es una regla y no sólo de cara a los eventos brasileños. Si FIFA y COI quieren desde ya un escenario distinto, tendrán que hallar la manera de que estos eventos no sangren a la economía de quien los organiza. Me temo que ya es una pandemia. Me temo que, además, bajo pretexto de protestar Mundial u Olímpicos, todo quien crea tener algo que alegar aprovechará tan global tribuna. No creo que exista paso atrás.

 

Alberto Lati

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