Final de Champions en Wembley

Alberto Lati

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Tenía que ser en uno de los mayores santuarios del balón, en donde se dirima el título de una Liga de Campeones de Europa que ha sido espectacular. Y tenía que ser ahí, además, por los 150 años que en breve se cumplirán de la elaboración en esa misma ciudad de Londres de las reglas del futbol moderno.

 

Fue el 26 de octubre de 1863, cuando en un pub ubicado en el barrio de Covent Garden (llamado Freemasons por estar a un costado del imponente edificio de la Logia Masónica) se fundó la Football Association. Once delegados de clubes deportivos o colegios se reunieron con la finalidad de unificar criterios; hasta entonces, en cada escuela se alineaba con cantidad diferente de jugadores, con permisividades distintas de violencia, con elementos variables para trasladar el balón, con medidas, prohibiciones y penalizaciones que cambiaban según quién fuera anfitrión.

 

Ahí se generó el cisma del futbol en dos ramificaciones: unos se decantaron por el uso de los pies y la eliminación de tacleadas; los otros se aferraron a sostener el balón con las manos y emplear mayor agresividad.

 

En esos años de incertidumbre política y con numerosas guerras como inmediata posibilidad, la tensión era máxima incluso en una reunión de este tipo. Por eso, a nadie debe extrañar la frase clamada por un aristócrata cuando entendió que la mayoría había preferido el camino menos agresivo del futbol y presintió en ello una amenaza de corte bélico: “sostener y patear debajo de la rodilla es esencial para este juego; están retirando todo el coraje e ímpetu del partido. Habrá muchos franceses que podrán darte una golpiza con una semana de práctica”.

 

El asunto es que las deliberaciones de aquella jornada de whiskey y pipas en la Freemasons de 150 años atrás, derivaron en la criatura más global del planeta y en la máxima exportación del imperio británico. Jorge Luis Borges anglófilo pero antes que eso anti-futbolero, diría: “Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el futbol. El futbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

 

Los ingleses llegaban a cada rincón del planeta con afanes hegemónicos y económicos, pero además lo hacían con un balón bajo el brazo. Así, en escasos 150 años esto se ha convertido en una actividad indispensable para entender a la humanidad, para analizar a la sociedad, para interpretar política y religión, guerra y paz, regionalismo y globalidad, consumismo y simbolismo.

 

La final de este sábado entre Bayern Múnich y Borussia Dortmund podría superar los 220 millones de personas en audiencia mundial. Supondrá, además, un desembarco de 150 mil alemanes a la capital británica, ávidos todos de conseguir algún boleto o, en el peor de los casos, al menos vivir en plena sede el partido y sus festejos.

 

Esto obliga a medidas de seguridad elevadísimas; más con el sangriento y mediático incidente acontecido esta semana en el sureste de la capital británica, tan cerca de la fábrica de municiones en donde naciera el club Arsenal en 1886.

 

El perfil del partido de este sábado hubiera sido todavía más elevado si en lugar de los dos equipos germanos hubieran avanzado los dos españoles (en tal caso, la estimación planteaba el choque a nivel de clubes con mayor rating de la historia). Sin embargo, nadie duda que se enfrentarán quienes mejor lo han hecho en este torneo.

 

Bayern, con un plantel vastísimo e imponente en cada una de sus líneas, incluso se ha dado el lujo de coronarse en la Bundesliga con dos meses de antelación y de golear a rivales con puros reservas. Borussia, con un conjunto joven y dinámico, está demostrando el motivo por el que fue capaz de ganar dos ligas alemanas consecutivas, pero también está impartiendo cátedra respecto a cómo se hace renacer a una institución deportiva en quiebra.

 

Apenas una década atrás, el mismo Bayern donaba cuatro millones de dólares al Dortmund para ayudarle a no caer en bancarrota. Los jugadores que entonces defendían la casaca del Borussia se solidarizaron y decidieron -por las buenas o por las malas- recortar en 20% sus salarios.

 

El cuadro de la industrial Cuenca del Ruhr resurgió con base en fichar a jóvenes con gran futuro y en crear una gran cantidad de nuevos talentos. El modelo Merkel de salvar al euro con base en austeridad y visión, se probó exitoso en este colectivo deportivo mucho antes de discutirse tanto en Grecia, España, Chipre y los que se acumulen.

 

La mayor perla de esta generación es Mario Götze, genio del balón de 20 años, recientemente transferido del Borussia al Bayern a cambio de 47 millones de dólares. Su último partido con el Dortmund tenía que ser nada menos que la final de Champions contra sus futuros compañeros, pero una lesión le ha impedido llegar.

 

Se entiende que tantos millones eran difíciles de despreciar por parte del Dortmund, mas su afición ha tomado esta transacción de la peor de las formas, convirtiendo en enemigo público a su joya adolescente. En el último partido liguero entra estas dos entidades, una pancarta clamaba: “Seguir al dinero muestra cuánto corazón tienes. ¡Púdrete, Götze!”.

 

En todo caso, aun en el país más rico, los más ricos suelen quedarse con los mayores talentos y así vive el Bayern. La inmensa mayoría de los mejores elementos que han surgido en la Bundesliga en los últimos años, ha terminado por vestir su uniforme: Mario Gómez, Podolski, Klose, Neuer, Boateng, son ejemplos alemanes; Dante, Pizarro, Van Buyten, son ejemplos extranjeros.

 

Este sábado es de final en Wembley. 150 años después de los controvertidos cónclaves sostenidos en la Freemasons, dos alemanes buscan la gloria en territorio inglés. Noche de gala en Londres. La copa de las grandes orejas espera ansiosa que alguien la levante.

Twitter/albertolati

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