Sucedió a mediados de junio del 2003: el Manchester United anunció que traspasaba a David Beckham al Real Madrid y una tormenta mediática se desataba en la capital española.

 

A la siguiente mañana, legiones de periodistas ingleses deambulaban por la capital española: el club, el estadio, las zonas donde posiblemente residiría, los restaurantes donde comería, las boutiques donde compraría, el estilista que lo atendería e, incluso, las mujeres –modelos, actrices, faranduleras– que presumiblemente lo acosarían.

 

Horas más tarde, multitudes japonesas se añadían al caos: Beckham todavía no sería presentado, de hecho el Madrid estaba por definir el título de liga en la última jornada ante el Athletic de Bilbao, pero todo ya era una vorágine marca Becks.

 

Fernando Hierro, capitán del equipo, declaraba: “este fichaje no nos va a ayudar nada a ganar el domingo… Por eso les pido que nos dejen concentrarnos”. Otro jugador se quejaba de que un reportero británico lo siguió hasta pedirle se dejara retratar con una bufanda que llevaba el rostro de David.

 

Semanas más tarde, era transmitido en vivo el arribo a Madrid del avión privado del futbolista. Su descenso por la escalinata, el de su esposa Victoria, el de su madre Sandra y su hijo Brooklyn.

 

¿Qué era esto? ¿La llegada de un futbolista o de una princesa del pop? Los mejores jugadores de la historia han pasado por esta liga, sea con Madrid o con Barcelona, y jamás España había presenciado algo así: las cámaras, las grupies, la expectativa, las marcas… todo un reality show.

 

Un día después, 500 periodistas de más de 40 países estábamos reunidos en el pabellón de baloncesto del Real Madrid, especialmente acondicionado para la presentación de Beckham. Apareció vistiendo un traje azul pastel, diseño de sus amigos Dolce&Gabbana, al tiempo que Victoria lucía camiseta de leopardo con infinito escote. Salió a dominar balón y un niño se coló a la cancha; antes de que fuera echado, David lo abrazó y le regaló un uniforme ya con el número 23 que vestiría.

 

Ese día el futbol cambió. Ese día se percataron, quienes todavía no lo habían hecho, de que la connotación de los futbolistas ya era otra. Ese día se consagró el matrimonio de ese caprichoso balón con los más variados conceptos: globalización, alta costura, posicionamiento, derechos de imagen, metrosexualidad… Y pronto se dio a conocer que el Madrid haría su pretemporada en el Lejano Oriente donde Beckham era más que un profeta.

 

Su etapa en el Madrid no fue específicamente exitosa en términos de títulos, pero de su rendimiento y entrega nadie tuvo argumentos para quejarse. Como siempre pasó a lo largo de su carrera, fue refutada su innegable calidad en nombre de su explotadísimo personaje, de su rol como modelo, de su omnipresencia en anuncios.

 

Su último día como merengue, llevó idéntico hilo conductor. Había anunciado que se marchaba al Los Ángeles Galaxy estadunidense y el técnico Fabio Capello dejó de alinearlo. El tiempo dio la razón al inglés y demostró que seguían siendo indispensables sus galopadas por la banda, sus arquitectónicos trazos de 50 metros, su derroche de sudor, su dignidad como lo que antes que nada siempre fue aunque muchos lo dudaran: deportista.

 

David había pasado tres años sin conquistar la liga vestido de blanco. En su partido de despedida, ya sin Zidane, Figo y Ronaldo en el plantel, bastaba con ganar para alzar el trofeo. Pronto, Beckham estrelló el balón en el travesaño y, más voluntarioso que nunca, cayó lesionado. Entonces se añadieron dos puntos épicos a la transmisión televisiva, por si no bastara el trepidante y angustioso cotejo que definía al campeón y en el que perdía el Madrid 0-1: por un lado, el rostro desfigurado de Becks en la banca, alentando a sus compañeros, gritando como si fuera director técnico; por otro, Tom Cruise y Katie Holmes emocionados en la tribuna, abriendo la era hollywoodense del jugador. A de 10 minutos para el final, los merengues le dieron la vuelta y así se fue David.

 

Vendría un periplo estadunidense con pausas para jugar en el Milán, en el que sería muy discutido su desempeño, su compromiso, su adaptación. Desde la perspectiva económica, sin embargo, nadie podía quejarse.

 

El comisionado de la MLS, Don Garber, admitía, “Sin él, la liga no estaría en donde está ahora”, y las cifras confirmaban sus palabras. Cuando se marchó del Galaxy, una franquicia costaba cuatro veces más que a su llegada en el 2007. El aforo promedio incrementó a 18 mil por partido. La cantidad de equipos subió a 20 (seis más que antes del arribo del británico) y muchos de ellos ya actuando en estadios exclusivos para futbol. El nuevo contrato de patrocinio para implementos deportivos, incrementó a 200 millones de dólares por ocho temporadas. Se firmó un convenio de televisión con la NBC, además del que existía con Univisión y ESPN, tan distinto a aquella época en que la MLS pagaba por ser emitida en su intento por popularizarse o difundirse.

 

David también dejó California levantando el trofeo de liga. El futbolista más digno de guión cinematográfico añadió a sus diversas etapas un final feliz: se marchó del United como campeón, lo mismo que del Madrid, del Galaxy y ahora del Paris Saint Germain.

 

Este jueves se ha retirado de las canchas no sólo un gran futbolista, sino la persona más célebre y global que ha existido pateando un balón (y, probablemente, practicando un deporte). Fue el primer rostro occidental en aparecer en publicidad alguna de Irán desde la revolución de los ayatolas y el más perseguido en Japón desde los Beatles. Lo mismo apareció en la boda del príncipe Guillermo, que anunciando ropa interior en Estados Unidos en los costosísimos espacios del Super Bowl, en fiestas con Will Smith o recibiendo el fuego olímpico de Londres 2012 en Atenas. Amasó una fortuna hoy estimada en 300 millones de dólares a la cual se ha integrado su esposa, reposicionada como prestigiada diseñadora, y su hijo, modelo de la marca Burberry.

 

Adiós al futbolista Beckham, ese que empezó a jugar en Leyton, en el deprimido East End de Londres, y de ahí brincó hasta reinventar las ideas de glamour, metrosexualidad y publicidad.

Alberto Lati

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